TODA LA ARMADURA DE DIOS
La armadura de Dios es enseñada como un todo, como una pieza completa, similar a los 10 mandamientos que son ilustrados como una sola ley, la Ley del Señor, por lo tanto aunque la enseñemos de manera individual y asi la entendamos tambien debemos reconocerla de manera total y entrelazada, como una unidad inseparable que ha sido entregada por Dios a la Iglesia para que permanezcamos en unidad contra los ataques del enemigo.
“Vestíos de toda la armadura de Dios,
para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no
tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra
potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra
huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad
toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo
acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos
con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los
pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo
de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y
tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la
palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el
Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los
santos”
Efesios 6: 11-18 (RVR 1960)
La armadura de Dios, cuyo telón de fondo es Isaías
59:8-20, no es una armadura para salvación, sino es un regalo de Dios para el
que es salvo (Ef. 2: 8-9), y es integrada por armas de Luz que se oponen
completamente a las de la oscuridad, y lo hacen de la siguiente manera: la
verdad contradice a la mentira, la justicia se opone a la impiedad, el
evangelio de la paz rechaza la soberbia, la fe ignora el engaño de Satanás, la
esperanza de la salvación ahuyenta el temor y la Palabra de Dios acusa al
acusador, por lo que no es posible ir en contra de un enemigo lleno de maldad
sin toda la armadura de Dios que tambien nos exhorta a vivir una vida definida
por el evangelio que continuamente se viste de toda la armadura de Dios. De
nuevo, debemos reconocer en nuestro corazón que no podemos ir contra nuestros
enemigos que son satanás, el sistema de falsedad y nuestra carne o remanente de
pecado sin la presencia de nuestro Señor Jesucristo, sin la confianza y
esperanza en nuestro Dios, reconociendo con absoluta confianza la victoria que
solamente se encuentra en nuestro Dios, como lo hizo Moisés, quien dijo a Dios:
“Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí.” Éxodo 33:
15 (RVR 1960). A continuación explicaremos de nuevo pero con mayor profundidad,
cada arma de Dios y lo que significa para el creyente.
EL CINTURÓN QUE SOSTIENE AL
CREYENTE EN FIRMEZA Y VALENTÍA
Arma espiritual: El
cinturón de la verdad
“Estad,
pues, firmes, ceñida vuestra cintura con la verdad, vestidos con la coraza de
justicia” Efesios 6: 14 (RVR 1995)
Los lomos se refieren a la parte inferior de la espalda,
es una región que soporta gran parte del peso del cuerpo, es en ella y en
alrededor de la cintura que se nos ordena ajustarnos con el cinturón de la
verdad, para que todo el cuerpo permanezca bien seguro, por esta razón Dios nos
ordena ceñir los lomos de nuestro entendimiento (1 P. 1: 13) y como bien dijo
el puritano William Gurnall,
El
cuerpo está unido por los lomos; si estos fallan, el cuerpo entero se hunde.
Aun cuando nos cansamos físicamente, el instinto nos hace apoyar ambas manos en
los lomos como refuerzo principal. Por ello, “herir los lomos” es una frase de
destrucción: los lomos débiles debilitan al hombre (cf. Dt. 33:11).[1]
Satanás es el padre de las mentiras, es decir el gran
maestro de la falsedad, un gran engañador que solo sabe decir mentiras, por lo
que todo el que quiere ir detrás de su astucia solo buscara seguir sus deseos
homicidas (Jn. 8: 44). Este ser maligno quiere herir nuestros lomos con sus
agresiones, por lo que debemos tener cuidado de no caer en las mismas de la
siguiente manera: (1) no le demos lugar alguno en nuestra vida (Efesios
4:27-29), (2) no ignoremos sus estrategias (1 Juan 2:16-17), (3) huyamos de sus tentaciones (2 Timoteo
2:22) y (4) resistámoslo (Santiago 4:7-8). Procuremos recordar constantemente
estas cuatro instrucciones que son sencillas pero claves en nuestra lucha
contra el mal, escríbelas en una hoja, memoriza los versículos que están en
paréntesis y con el gozo en el Señor y todas tus fuerzas busca obedecer
fielmente esta instrucción. Pero no permanezca en desaliento tu corazón cuando
falles a la instrucción, sino de nuevo vuelve arrepentido a la cruz de
Jesucristo, recordando al que venció y te ha dado la victoria, para de nuevo
vestirte del cinturón de la verdad, presentándote con humildad y sinceridad
ante el Señor en necesidad y obediencia a Su Voz, esforzándote en la Gracia
Santificadora del Señor, para poder vencer al mal, porque solamente por Su
Gracia es posible transitar en gozo y fidelidad en el camino de la
santificación.
LA CORAZA DE LA FIDELIDAD AL
QUE ES JUSTO
Arma espiritual: La
coraza de la Justicia
La coraza de la justicia tiene que ver con la integridad y
la fidelidad a Dios, aun en medio de la tormenta más oscura. No podemos ir al
campo de batalla sin la coraza de la justicia. Este combate que nos quiere
derivar constantemente, tiene su victoria asegurada únicamente en Jesucristo,
en la fe en Jesucristo, mirando la victoria de Él, porque solamente Él pudo
vencer al pecado y a la muerte que nos gobernaba. La coraza de la justicia fue
el arma espiritual que satanás buscó quitarle a Job, como bien escribió
Gurnall,
Pero
cuando la rectitud de Job encendió el malvado espíritu de Satanás, su ira ardió
como una antorcha. Intentó quitarle a Job la coraza de justicia matando a su
familia, destruyendo sus bienes, y castigando su cuerpo con llagas. Torturó a
Job como lo hacen los ladrones con sus víctimas para obligarles a ceder sus
tesoros. Si Job hubiera entregado su bolsa (su integridad) en cualquier momento
a Satanás, este le habría desatado enseguida, sin importarle que recuperara sus
bienes, hijos y siervos.[2]
El pueblo de Israel estaba enfrentando a enemigos feroces,
grandes en número, superior a ellos de muchas maneras, pero mientras veían a
Moisés, su caudillo, levantando la mano en señal de victoria ganaban la pelea
(Éxodo 17:11-12). Aunque Moisés bajó muchas veces la mano, podemos ver a
Jesucristo con su mano alzada por la eternidad, nunca bajándola, anunciando la
perfecta victoria que nos enseña que todo el que lo mira a Él tiene asegurada
tambien su victoria contra el mal, por lo tanto debemos mirarlo a Él, solo a
Él, con reverencia y confianza (Ec. 12: 13, 2 Cro. 14: 11). Nuestro mismo
Señor, nuestro General y Comandante, nos dice continuamente:
“Mirad
a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no
hay más.” Isaías 45: 22 (RVR 1960)
Somos revestidos en la integridad de la coraza de la
justicia, permaneciendo en el Señor (Juan 15:4-5), alejándonos de perversas
conversaciones (1 Corintios 15:33-34) y procurando vivir en limpia conciencia
(1 Pedro 1: 13-21), aun en medio de gran aflicción. No nos confundamos, ni nos
dejemos engañar, nunca el pecado será el mejor escape a la aflicción, nunca más
pecado será menos pecado, no es bueno para el cristiano vivir como si no fuera
cristiano, en tinieblas y oscuridad, sino por el contrario debemos vivir como
hijos de Luz, siempre recordando lo que somos para que vivamos de manera
coherente a nuestra nueva identidad en Jesucristo. Para pelear bien en la
guerra que se libra, inicialmente en nuestra mente, necesitamos estar en pie de
guerra contra el pecado y cuando caemos debemos ir de inmediato ante Dios en
humillación y arrepentimiento, sin dejar de continuar batallando contra el
pecado, esforzándonos en la Gracia para vivir firmemente arraigados en el
evangelio de la paz y del amor de Dios.
EL CALZADO QUE RESISTE TODO
TIPO DE SUELO PARA AVANZAR
Arma espiritual: El
calzado del evangelio
“y
calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz.” Ef.
6: 15 (RVR 1960)
No podemos bajar la guardia nunca, porque el enemigo que
tenemos no descansa y no está lejos de nosotros, por lo tanto debemos
esforzarnos en la Gracia de Dios para poder enfrentar las batallas que libramos
diariamente en nuestra mente. Pero, como bien se ha dicho, estas batallas no
deben darse meramente desde una defensa, sino tambien se debe ir en contra de
nuestros enemigos en ofensiva de manera radical.
No debemos ignorar a nuestro enemigo Satanás, el cual es
más fuerte que nosotros, y quiere vernos caídos. Bajar la guardia ante este
enemigo siempre nos llevara a la derrota, por lo tanto debemos aferrarnos
constantemente a Dios en humildad, no con orgullo como en muchas ocasiones lo
hemos hecho y como lo hizo Pedro en Lucas 22: 31-34, sino como lo hizo Job en
Job 13: 15 cuando dijo: “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré; No
obstante, defenderé delante de él mis caminos, y él mismo será mi salvación”.
Seamos sinceros con nosotros mismos y reconozcamos que no
podemos en nuestras propias fuerzas y con nuestro propio empeño ganarle a
satanás, sino solo cuando descansamos en el Señor, cuando esperamos en Él aun
cuando todo este en nuestro contra. En el evangelismo es muy importante tener
en cuenta esto, porque estamos caminando en contra del enemigo, cada paso es
una lucha, en donde debemos rogar al Señor que cuide de nuestros pasos, como lo
hacía el salmista quien decía continuamente al Señor:
“Sustenta
mis pasos en tus caminos, para que mis pies no resbalen.”
Salmo 17: 5 (RVR 1960)
Somos muy débiles en nosotros mismos, por lo que debemos
refugiarnos completa e incesantemente en el Señor, aun el mismo apóstol Pablo
reconoció su fragilidad cuando dijo “golpeo mi cuerpo, y lo pongo en
servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser
eliminado.” (1 Cor. 9: 27) y de esta manera procuró luchar contra el mal.
Nuestro peor enemigo no es satanás sino es nuestro pecado, por lo que si nos
descuidamos este enemigo nos puede vencer. Un corazón orgulloso no puede vestirse
de la armadura de Dios, pero cuando este corazón orgulloso reconoce su orgullo
y necesidad ante Dios, puede vestirse de la humildad necesaria para poder
revestirse de toda la armadura de Dios en humillación continua ante Él.
No dejes de luchar en contra de tu orgullo. El primer paso
para poder luchar en contra de este grave pecado es reconociéndolo,
primeramente en tu vida, es humillando tu yo, dejando de vivir para ti y
viviendo para la gloria de Dios, en todo lo que eres y haces.
EL
ESCUDO QUE NOS PROTEGE DEL ADVERSARIO Y TENTADOR
Arma espiritual: El
escudo de la Fe
“Sobre
todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego
del maligno.” Ef. 6: 16 (RVR 1960)
No tenemos un enemigo de carne y hueso sino uno terrible
que quiere vernos derrotados, no se cansa, sino incesantemente y como león
rugiente anda buscando cómo devorarnos (1 Pedro 5: 8), atacando primeramente a
los más débiles que se encuentran lejos de la manada. Esto tambien debe llevar
a todo cristiano a no solo estar alerta por sí mismo sino tambien por su
hermano, y primeramente por el más débil, para cuidarlo de los ataques del
enemigo (Romanos 15: 1).
La vida cristiana exige coraje y determinación, por lo
tanto la armadura de Dios no tiene la intención de proteger por el simple hecho
de no ser heridos sino aun más de protegernos para que fortalecidos podamos
atacar con vigor a nuestros enemigos. No queremos ser protegidos para
sobrevivir en la batalla sino para vencer al enemigo, pero si no nos protegemos
¿Cómo podremos vencer en las batallas internas? El estratega militar y filosofo
chino Sun Tzu en su libro “el arte de la guerra” escribió:
En
situaciones de defensa, acalláis las voces y borráis las huellas, escondidos
como fantasmas y espíritus bajo tierra, invisibles para todo el mundo. En
situaciones de ataque, vuestro movimiento es rápido y vuestro grito fulgurante,
veloz como el trueno y el relámpago, para los que no se puede uno preparar,
aunque vengan del cielo.[3]
La defensa del cristiano no debe estar en el orgullo, sino
en la prudencia, no en la soberbia sino en la humillación de su propio yo, y es
tambien una pelea con avidez como guerreros victoriosos en Cristo Jesús que
miran a su Señor con grandeza y esplendor sentado en el trono de victoria a la
diestra del Padre, como dijo Gurnall “Solo la fe puede ver a Dios en su
grandeza; por tanto, solo ella es capaz de reconocer las promesas en su
grandeza, porque su valor estriba en Aquel que las ha hecho”.[4]
El escudo de la fe nos protege contra los dardos del
enemigo que son sus tentaciones y todo lo que quiera hacernos caer en la
incredulidad y el desánimo que solo busca llevarnos a negar a Dios con nuestras
vidas. Por lo anterior debemos escudarnos con la fe, mirando pacientemente a
Jesucristo y su triunfo, como un ejército victorioso, porque solo asi
venceremos, como dijo el estratega militar: “un ejército victorioso gana
primero y entabla la batalla después; un ejército derrotado lucha primero e
intenta obtener la victoria después”.[5]
No peleamos para vencer, sino porque ya vencimos, ese debe
ser nuestro pensamiento, pero no vencimos por nuestras propias fuerzas, porque
en nuestras propias fuerzas nunca hubiéramos podido vencer sino solo por la
Gracia de Dios, por medio de la fe en Jesucristo, pero en esa confianza debemos
tener humildad y paciencia.
“Porque
todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha
vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree
que Jesús es el Hijo de Dios?” 1 Juan 5: 4-5 (RVR 1960)
El escudo de la fe no se refiere a la fe en la fe, a una
fe en la nada, sino a la fe en Jesucristo, no es tan importante la magnitud de
la fe como el lugar en donde esta puesta, por lo tanto el escudo de la fe se
refiere a confiar en Jesucristo, creer que Él venció y está sentado en Su Trono
sobre todo principado y potestad (Ef. 1: 15-23), y a esperar pacientemente en
Él con humildad y gozo, aun en medio de la ansiedad, del decaimiento, del
dolor, de la soledad, de la ansiedad o de la desesperación (Salmo 40: 1-3),
porque Él es nuestro Señor, nuestro Salvador y nuestra ancla segura.
“Cristo
fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por
segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.”
Hebreos 9: 28 (RVR 1960)
Nuestra gran esperanza es Jesucristo, es solo en Él que
debemos esperar y resistir a satanás y huir de toda tentación, adicción,
pecado e idolatría.
EL YELMO DE LA SALVACION,
SEGURIDAD DE SALVACION Y ESPERANZA DE LA GLORIFICACION
Arma espiritual: El
Yelmo de la Salvación
“Tomad
el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.”
Ef.
6:17 (RVR 1995)
La instrucción de la
carta a los Efesios es sencilla: los cristianos deben vivir como cristianos,
pero ¿Cómo es posible eso? Como bien se dijo antes, los primeros tres capítulos
de Efesios son indicativos y los tres últimos imperativos. En este versículo se
deben recordar los indicativos, porque es un versículo que nos ordena tomar el
yelmo de la salvación y la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios, los
indicativos nos han enseñado con anterioridad la Gracia de Dios que nos ha
llamado, santificado y unido al pueblo de Dios como miembros de un solo cuerpo.
Teniendo en cuenta lo anterior nos instruye a tomar el Yelmo de la Salvación
para no perder la cabeza, sino reconocer que la salvación es de Dios. No es un
arma para salvación, sino de Dios para el que es salvo (Ef. 2: 8-9), es un arma
protectora de Dios y que Dios nos ha querido dar para que la tomemos y
significa que debemos reconocer a diario que la salvación es de Dios y que esta
salvación que nos ha dado por Gracia es la única que puede ayudarnos a
enfrentar cualquier situación.
El casco protector
del creyente es el casco de la esperanza de la salvación (1 Ts. 5: 8) que
protege la conciencia contra las armas de duda y desanimo que constantemente
quieren atacarnos y nos da seguridad, como resultado natural de vivir en
obediencia al Señor (1 P. 1: 3-5). El telón de fondo de Ef. 3: 17, como ya se
había dicho anteriormente, es Isaías 59: 8-20 que nos enseña que la
armadura de Dios habla claramente del celo y del ardor de la ira de Dios, por
lo que no debe pensarse como una pasiva arma protectora de los ataques del
enemigo sino aún más como una armadura activa y útil en la confianza en el
Señor que nos fortalece para atacar a los enemigos del Señor, los cuales
tambien son adversarios del pueblo del pacto del Señor, por lo que serán juzgados
por Él gravemente (Ef. 6: 10-12).
La esperanza a nuestra suprema salvación, la aplicación
total del Espíritu Santo a nuestra redención se realizará en nuestra
glorificación, es algo que debemos esperar y tambien recordar constantemente
por medio de un estudio profundo de las Escrituras, como en la memorización,
sujeción y obediencia de las mismas. Nuestras
preocupaciones y ansiedades quieren alterarnos pero todo esto debemos llevarlo
a los pies de Cristo, descansando en Él y no escuchando la voz del enemigo que
nos quiere incitar al pecado y la necedad, sino tomando con precisión las
Escrituras para poder enfrentar con sabiduría estas situaciones. El yelmo de la
salvación nos protege contra el desánimo que el adversario quiere que tengamos,
porque bien sabe que un soldado desanimado es débil y mucho más fácil de
atacar. Por lo anterior, en medio de nuestro desanimo vayamos a Dios en oración
quien nos fortalecerá en su gozo y rechacemos radicalmente toda oferta del mal,
pero si en ella hemos caído no dudemos de ir de nuevo ante el Señor en arrepentimiento
evitando asi que el pecado prospere en nuestra vida.
La vida que Dios
ordena que vivamos es una vida de santidad que significa tambien una vida de
verdadero gozo, por lo tanto no creamos el engaño del enemigo de que el camino
del creyente es uno aburrido y triste, porque es lo contrario: es
bienaventurado todo aquel que obedece al Señor.
“… no os entristezcáis, porque el gozo de Jehová
es vuestra fuerza.”
Nehemías
8: 10 (RVR 1960)
La salvación es causa de gran gozo para toda nuestra vida,
porque es pasado, presente y futuro, ocurrió en el pasado, lo vivimos en el
presente y está garantizada en el futuro. Por lo anterior vivir en esperanza de
salvación es vivir en gozo. No dudemos, sino con completa confianza en nuestro
Señor pongámonos el casco (“kóba”) de la esperanza de la salvación final (1Ts.
5:8), el yelmo de la salvación que nos protegeré en contra del desaliento
espiritual y luchemos en contra de los seres malignos controlados por satanás,
porque aunque han sido derrotados igual que satanás, el sistema de pecado y la
carne, deben seguir siendo vencidos, por lo que tenemos que batallar contra
estos todos los dias, a través del poder del Espíritu Santo que mora en
nosotros
Es el Espíritu Santo en nosotros que nos dará la victoria
frente al mal (Rom. 8), por lo tanto llénate del Espíritu Santo, meditando
continuamente en Las Escrituras.
LA ESPADA DEL ESPÍRITU SANTO
EN LA SANTIFICACIÓN DEL CREYENTE
Arma espiritual: La
Palabra de Dios
“La
palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que toda espada de dos filos:
penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y
discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.”
Hebreos
4: 12 (RVR 1995)
La armadura de Dios en la guerra espiritual es
completamente necesaria, necesitamos urgentemente cada día tomar y revestirnos
de cada arma espiritual, y mantenernos vestidos de toda ella para poder
resistir al diablo (Sant. 4: 7), porque cada una y toda ella es necesaria para
nuestra santificación y gozo en el Señor. En esta sección se ampliara el
significado de la espada del Espíritu Santo en la santificación del creyente.
El evangelio es el poder de Dios para salvación (Rom. 1:
16-17) es el obrar del Espíritu en nuestra vida que resulta en un fruto que es
ofensivo para el enemigo, porque es el bien que derrota el mal (Rom. 12:
20-21). La Escritura es descrita como una espada, un arma ofensiva (Heb. 4: 12)
que es viva y eficaz (2 Co. 10: 3-5), porque es la Palabra de Dios. La Espada
que pertenece al Espíritu Santo es un arma blanca y aguda que ha sido fabricada
con un material inmortal y todopoderoso, porque es la Palabra de Dios, la arma
ofensiva del Espíritu Santo que Jesucristo usó en medio de la tentación de
satanás (Lc. 4: 1-13) y es la misma que nosotros debemos usar en contra de
cualquier ataque del enemigo. No se refiere solamente a hacer un estudio
profundo de las Escrituras con rigurosidad y esfuerzo sino principalmente a
glorificar a Dios por medio de un estudio correcto de las Escrituras, como bien
dijo Núñez: “nuestros mensajes necesitan ser exegéticamente correctos; pero
requieren que los prediquemos de una manera que honren a nuestro Dios.”[6]
La arma más ofensiva contra nuestros enemigos es la
Palabra de Dios, por lo que debemos prepararnos bien en toda ella para usarla
correctamente, no como un amuleto de la suerte, ni ninguna forma de
superstición, sino como el consejo de Dios que debe ser creído y obedecido,
pero para ello es necesario saber usarla bien.
"Procura
con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué
avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad." 2
Timoteo 2: 15 (RVR 1960)
La Palabra de Dios debe ser usada como una daga en un
combate directo, o como un cuchillo en una cirugía, con precisión, para ello es
necesario saber estudiarla y aplicarla de manera correcta y en el momento
preciso. Cada arma de Dios y toda la armadura de Dios son completamente
necesarias en la santificación del creyente, en su victoria contra el mal, pero
no se puede dejar a un lado la oración, porque va de la mano con toda la
armadura de Dios. Es necesario siempre orar, porque es la oración la que nos dará
ese corazón humilde y humillado ante el Poder y la Sabiduría del Señor para
poder revestirnos de toda la armadura de Dios.
LA ORACIÓN EN LA ARMADURA DE
DIOS
“orando
en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con
toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, a fin de que
al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio
del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas; que con denuedo hable
de él, como debo hablar.”
Efesios
6: 18-20 (RVR 1960)
La Armadura de Dios es una unidad que le pertenece a Dios,
por lo que no es posible que la usemos con sabiduría sin la oración. La oración
es el pegamento que nos adhiere a la armadura de Dios, es una gran fortaleza en
medio de la desesperación, es un ánimo en el desaliento y descanso en la
inquietud. Recordemos que no debemos vivir por vista, sino por fe, esperando un
mejor lugar, uno permanente, con nuestro Señor Jesucristo, porque es Jesucristo
nuestra única real esperanza. Por eso debemos orar todos los dias, para que el
Señor fortalezca nuestra fe en lo que es verdadero y eterno. Pero ¿Cómo debemos
orar? A veces nos es difícil responder a esta pregunta, porque no sabemos cómo
orar, pero tranquilo, tenemos un gran modelo de oración y es Jesucristo, como
dijo el profesor Longman,
Jesús
se convierte en modelo de oración. Ora ante decisiones importantes (Lc. 6:
12-13) y en relación a puntos importantes de crisis (…) Él mismo lucha en
oración (Lc. 22: 41-44; Heb. 5: 7). Él ha orado por sus discípulos (Jn. 17, Lc.
22: 32), e incluso ahora, en el cielo. Él todavía intercede por nosotros (Heb.
7: 25). De hecho, nuestra intercesión ante el trono de Dios es válida porque la
suya lo es (Heb. 4: 14-16).[7]
La oración es importante, porque puede fortalecer nuestra
relación con Dios, nos lleva a depender más de Él, y es necesaria cada día en
nuestra vida, porque nos ayuda en nuestra debilidad, para que cuando seamos
tentados o probados sepamos como responder, pero tambien es una oportunidad de
participar en la obra del Reino (Luc. 18, 21; Col. 4). Mas solo podemos acudir
a Dios por medio de la obra de Jesucristo, nuestro único y suficiente Mediador.
Siempre ha sido por medio de Jesucristo; en el Antiguo Testamento, era en base
a la obra futura de Cristo, prefigurada en los sacrificios y ofrendas que los
sacerdotes hacían en el templo (Heb. 7: 23-28; 10: 1-4; Rom. 3: 23-26), pero
ahora que Jesucristo ha muerto y resucitado, podemos entrar confiadamente, con
plena seguridad y libertad a la misma presencia de Dios por Su sangre, es decir
por Su suficiente expiación por nuestros pecados (Heb. 10: 19).
Orar en el nombre de Jesús, no debe ser tomado como una
fórmula mágica, sino que Juan 14: 13-14 cuando nos dice que pidamos en el
nombre de Jesús, nos está diciendo que solo podemos orar en la autorización de
Jesús, puesto que cuando se decía “en el nombre de una persona”, se hablaba de
la persona misma, entonces orar en el nombre de Jesucristo es orar en
Jesucristo, en su carácter, conforme a su santa voluntad, lo que tambien quiere
decir que nuestra oración a Dios debe ser enfocada en que nuestra vida sea
moldeada conforme a la imagen de Jesucristo, es eso a lo que se refiere
vestirnos de toda la armadura de Dios, vivir conforme a Jesucristo, lo que
implica no dejarnos moldear a este mundo, huir de todo tipo de idolatría,
aborrecer el mal y amar el bien, odiar lo que Dios odia y amar lo que Él ama,
disfrutar el bien y aborrecer el mal, gozarnos en Su Palabra y desechar las
obras perversas de la oscuridad.
La Biblia nos enseña a orar conforme a la voluntad de Dios
(1 Jn. 5: 14), es decir conforme a lo que dice la Palabra de Dios, porque la
voluntad de Dios es que lo obedezcamos. Cuando oramos, aunque el patrón
primordial es orar al Padre, podemos orar tambien directamente a Dios el Hijo y
Dios el Espíritu Santo, porque cada Persona de la Trinidad es digna de oración
y nada prohíbe tal oración. No oremos con incertidumbre, sino con la seguridad
de que Dios nos oye, no temamos orar, porque no sabremos como orar hasta que
oremos, en el proceso sabremos como debemos mejorar en la oración, pero no
temamos orar a Dios, hagámoslo con un corazón sincero, rendido y humillado,
dispuestos aun a cambiar nuestras peticiones si no son conforme a su Santa
Voluntad.
¿Qué nos impide orar? Quizás no hemos confesado un pecado,
no hemos restaurado una relación, no hemos perdonado. Si es asi vayamos pronto
ante nuestro hermano y procuremos restaurar nuestras relaciones, humillémonos
ante Dios y pidamos perdón ante Él, arrepintámonos, cambiemos nuestro modo de
pensar frente al pecado, repudiémoslo y apartémonos de todo mal, seamos
humildes y reconozcamos nuestros errores, no seamos arrogantes, ni soberbios,
sino sencillos.
Podemos estar viviendo de una manera ordenada, procurando
andar de la mejor manera ante Dios, guardando y obedeciendo sus mandamientos,
pero eso no significa que viviendo en tal deseable estado tendremos lo que
pidamos a Dios. No siempre tendremos lo que queremos, recordemos que Pablo le
pidió tres veces al Señor que le quitara el aguijón de su carne que le
atormentaba pero Dios le respondió NO (2 Co. 12: 8), a veces será un sí, otras
no, y otras después, pero no debemos desesperarnos sino confiar en que la
respuesta del Señor es la mejor. Aunque tambien es menester reconocer que
muchas veces el NO que recibimos es porque no oramos y no oramos porque no
confiamos en Dios como deberíamos, como dijo Grudem,
Si
estuviéramos realmente convencidos de que la oración cambia la manera en que
Dios actúa, y que Dios en efecto produce cambios asombrosos en el mundo en
respuesta a la oración, como la Biblia repetidamente enseña que lo hace,
oraríamos mucho más de lo que oramos. Si oramos poco es probablemente porque en
realidad no creemos que la oración logre gran cosa.[8]
Oremos en privado, en nuestra intimidad con Dios,
procuremos ser constantes en nuestra oración, pero tambien oremos con otros
(Mt. 18: 19-20, Hch 4: 24, Mt 6: 11-13), porque orar es una gran bendicion y
medicina para todo nuestro ser, como sigue diciendo Grudem “orar con otros,
entonces, es correcto y a menudo aumenta nuestra fe y la eficacia de nuestras
oraciones”.[9]
En muchas ocasiones minimizamos el ayuno, pero en varios pasajes vemos que la
oración estaba acompañada de ayuno. Aunque en el nuevo testamento no se nos
exija ayunar, tenemos pasajes que nos animan a ayunar (Mt. 6: 16, 9: 15). De
seguro que si ayunáramos más continuamente y dedicáramos este tiempo de la
comida en la oración estaríamos más fortalecidos espiritualmente, orando como
lo hizo Jesucristo, en todo momento y asi enseñó a sus discípulos que “debían orar en todo tiempo, y no desfallecer” (Lc.
18: 1).
Mientras no estemos velando y orando, como deberíamos
hacerlo, experimentaremos continuas caídas, por lo tanto no nos dejemos llevar
por la pereza, abandonemos el mal uso del tiempo y definamos con claridad cada
una de nuestras prioridades, reconociendo que nuestra vida está en continuo
peligro, porque cerca está el tentador que anda como león rugiente para
devorarnos, y sin dudar lo hará en nuestra debilidad, por lo que debemos
fortalecernos continuamente por medio de la oración ferviente y continua para no
entrar en tentación.
“Velad
y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está
dispuesto, pero la carne es débil.”
Mateo
26: 41 (RVR 1960)
Velemos y oremos como vigilantes de nuestra alma y de la
de nuestros hermanos para que seamos fortalecidos en el poder de Dios para
poder vencer cada una de las pruebas y huir de las tentaciones, pero tambien
somos llamados a ser astutos y prudentes. Debemos aprender a ser astutos para
hacer el bien, estratégicos, organizados, inteligentes y dejar de improvisar
tanto. Ser astuto en el sentido de aprender usar del ingenio para hacer lo
bueno, para obtener el perdón de quien ofendimos, para predicar el evangelio,
para obedecer los mandamientos, para huir del pecado, para amar a nuestros
hermanos, etc. A veces nos preguntamos, pero ¿Cómo puedo amar a aquella persona
que es tan cruel conmigo? Usa de la astucia, pero se prudente. Es decir, busca
estrategias que te ayuden a obedecer los mandamientos, a amar más a Dios y a tu
prójimo, pero nunca busques una estrategia que pueda llevarte al pecado, porque
esto no tiene sentido y solo hará daño a tu vida. Pensemos en esto: algunos
“cristianos” que se acomodan al mundo, viven como el mundo y dicen que lo hacen
para alcanzar al mundo para Cristo, esto definitivamente no tiene sentido, es
completamente irracional. Mas bien, seamos prudentes, sabios para hacer el bien
e ignorantes para el mal, alejándonos del pecado y de todo lo que quiera
llevarnos a este mal, velando en oración en todo tiempo, orando aun en medio de
nuestra suciedad, como sabiamente lo hizo el hijo prodigo que aun con los
arrapos que vestía, de su mal olor que lo cubría por estar en medio de los
cerdos y de su vergonzoso estado de miseria, se presentó ante su padre quien
sin menospreciarlo por su condición lo abrazó y lo perdonó, como lo ha hecho y
lo seguirá haciendo nuestro gran Dios con todos aquellos que son sus hijos,
amando, limpiando y celebrando a todo aquel que se acerca a Él (Lc. 15: 11-32),
por ello ve ante Dios en todo tiempo, en felicidad o en tristeza, en salud o
enfermedad, en victorias o en derrotas, nunca dejando de orar.
[1] William Gurnall, El cristiano con
toda la armadura de Dios, trad. de M. Anne Crandell de Garrido (Edimburgo,
Reino Unido: El estandarte de la Verdad, 2011), 287-288.
[2] Ibid., 406.
[3] Sun Tzu, El arte de la guerra
(VI a. C.), 10
[4] William Gurnall, El cristiano con
toda la armadura de Dios, 715
[5] Sun Tzu, El arte de la guerra
(VI a. C.), 11
[6] Miguel Núñez, De pastores y
predicadores (Nashville, TN: B&H Publishing Group, 2019), 48.
[7] Tremper Longman III, ed., Diccionario
ilustrado Bíblico Baker (India: Vidalibros, 2019), 1305.
[8] Wayne Grudem, Teología
Sistemática (Miami, Fl: Vida, 2009), 395.
[9] Ibid., 408.
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