TODA LA ARMADURA DE DIOS

La armadura de Dios es enseñada como un todo, como una pieza completa, similar a los 10 mandamientos que son ilustrados como una sola ley, la Ley del Señor, por lo tanto aunque la enseñemos de manera individual y asi la entendamos tambien debemos reconocerla de manera total y entrelazada, como una unidad inseparable que ha sido entregada por Dios a la Iglesia para que permanezcamos en unidad contra los ataques del enemigo.

“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos”

Efesios 6: 11-18 (RVR 1960)

La armadura de Dios, cuyo telón de fondo es Isaías 59:8-20, no es una armadura para salvación, sino es un regalo de Dios para el que es salvo (Ef. 2: 8-9), y es integrada por armas de Luz que se oponen completamente a las de la oscuridad, y lo hacen de la siguiente manera: la verdad contradice a la mentira, la justicia se opone a la impiedad, el evangelio de la paz rechaza la soberbia, la fe ignora el engaño de Satanás, la esperanza de la salvación ahuyenta el temor y la Palabra de Dios acusa al acusador, por lo que no es posible ir en contra de un enemigo lleno de maldad sin toda la armadura de Dios que tambien nos exhorta a vivir una vida definida por el evangelio que continuamente se viste de toda la armadura de Dios. De nuevo, debemos reconocer en nuestro corazón que no podemos ir contra nuestros enemigos que son satanás, el sistema de falsedad y nuestra carne o remanente de pecado sin la presencia de nuestro Señor Jesucristo, sin la confianza y esperanza en nuestro Dios, reconociendo con absoluta confianza la victoria que solamente se encuentra en nuestro Dios, como lo hizo Moisés, quien dijo a Dios: “Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí.” Éxodo 33: 15 (RVR 1960). A continuación explicaremos de nuevo pero con mayor profundidad, cada arma de Dios y lo que significa para el creyente.

 

EL CINTURÓN QUE SOSTIENE AL CREYENTE EN FIRMEZA Y VALENTÍA

Arma espiritual: El cinturón de la verdad

“Estad, pues, firmes, ceñida vuestra cintura con la verdad, vestidos con la coraza de justicia” Efesios 6: 14 (RVR 1995)

Los lomos se refieren a la parte inferior de la espalda, es una región que soporta gran parte del peso del cuerpo, es en ella y en alrededor de la cintura que se nos ordena ajustarnos con el cinturón de la verdad, para que todo el cuerpo permanezca bien seguro, por esta razón Dios nos ordena ceñir los lomos de nuestro entendimiento (1 P. 1: 13) y como bien dijo el puritano William Gurnall,

El cuerpo está unido por los lomos; si estos fallan, el cuerpo entero se hunde. Aun cuando nos cansamos físicamente, el instinto nos hace apoyar ambas manos en los lomos como refuerzo principal. Por ello, “herir los lomos” es una frase de destrucción: los lomos débiles debilitan al hombre (cf. Dt. 33:11).[1]

Satanás es el padre de las mentiras, es decir el gran maestro de la falsedad, un gran engañador que solo sabe decir mentiras, por lo que todo el que quiere ir detrás de su astucia solo buscara seguir sus deseos homicidas (Jn. 8: 44). Este ser maligno quiere herir nuestros lomos con sus agresiones, por lo que debemos tener cuidado de no caer en las mismas de la siguiente manera: (1) no le demos lugar alguno en nuestra vida (Efesios 4:27-29), (2) no ignoremos sus estrategias (1 Juan 2:16-17),  (3) huyamos de sus tentaciones (2 Timoteo 2:22) y (4) resistámoslo (Santiago 4:7-8). Procuremos recordar constantemente estas cuatro instrucciones que son sencillas pero claves en nuestra lucha contra el mal, escríbelas en una hoja, memoriza los versículos que están en paréntesis y con el gozo en el Señor y todas tus fuerzas busca obedecer fielmente esta instrucción. Pero no permanezca en desaliento tu corazón cuando falles a la instrucción, sino de nuevo vuelve arrepentido a la cruz de Jesucristo, recordando al que venció y te ha dado la victoria, para de nuevo vestirte del cinturón de la verdad, presentándote con humildad y sinceridad ante el Señor en necesidad y obediencia a Su Voz, esforzándote en la Gracia Santificadora del Señor, para poder vencer al mal, porque solamente por Su Gracia es posible transitar en gozo y fidelidad en el camino de la santificación.


LA CORAZA DE LA FIDELIDAD AL QUE ES JUSTO

Arma espiritual: La coraza de la Justicia

La coraza de la justicia tiene que ver con la integridad y la fidelidad a Dios, aun en medio de la tormenta más oscura. No podemos ir al campo de batalla sin la coraza de la justicia. Este combate que nos quiere derivar constantemente, tiene su victoria asegurada únicamente en Jesucristo, en la fe en Jesucristo, mirando la victoria de Él, porque solamente Él pudo vencer al pecado y a la muerte que nos gobernaba. La coraza de la justicia fue el arma espiritual que satanás buscó quitarle a Job, como bien escribió Gurnall,

Pero cuando la rectitud de Job encendió el malvado espíritu de Satanás, su ira ardió como una antorcha. Intentó quitarle a Job la coraza de justicia matando a su familia, destruyendo sus bienes, y castigando su cuerpo con llagas. Torturó a Job como lo hacen los ladrones con sus víctimas para obligarles a ceder sus tesoros. Si Job hubiera entregado su bolsa (su integridad) en cualquier momento a Satanás, este le habría desatado enseguida, sin importarle que recuperara sus bienes, hijos y siervos.[2]

El pueblo de Israel estaba enfrentando a enemigos feroces, grandes en número, superior a ellos de muchas maneras, pero mientras veían a Moisés, su caudillo, levantando la mano en señal de victoria ganaban la pelea (Éxodo 17:11-12). Aunque Moisés bajó muchas veces la mano, podemos ver a Jesucristo con su mano alzada por la eternidad, nunca bajándola, anunciando la perfecta victoria que nos enseña que todo el que lo mira a Él tiene asegurada tambien su victoria contra el mal, por lo tanto debemos mirarlo a Él, solo a Él, con reverencia y confianza (Ec. 12: 13, 2 Cro. 14: 11). Nuestro mismo Señor, nuestro General y Comandante, nos dice continuamente:

“Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más.” Isaías 45: 22 (RVR 1960)

Somos revestidos en la integridad de la coraza de la justicia, permaneciendo en el Señor (Juan 15:4-5), alejándonos de perversas conversaciones (1 Corintios 15:33-34) y procurando vivir en limpia conciencia (1 Pedro 1: 13-21), aun en medio de gran aflicción. No nos confundamos, ni nos dejemos engañar, nunca el pecado será el mejor escape a la aflicción, nunca más pecado será menos pecado, no es bueno para el cristiano vivir como si no fuera cristiano, en tinieblas y oscuridad, sino por el contrario debemos vivir como hijos de Luz, siempre recordando lo que somos para que vivamos de manera coherente a nuestra nueva identidad en Jesucristo. Para pelear bien en la guerra que se libra, inicialmente en nuestra mente, necesitamos estar en pie de guerra contra el pecado y cuando caemos debemos ir de inmediato ante Dios en humillación y arrepentimiento, sin dejar de continuar batallando contra el pecado, esforzándonos en la Gracia para vivir firmemente arraigados en el evangelio de la paz y del amor de Dios.

 

EL CALZADO QUE RESISTE TODO TIPO DE SUELO PARA AVANZAR

Arma espiritual: El calzado del evangelio

“y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz.” Ef. 6: 15 (RVR 1960)

No podemos bajar la guardia nunca, porque el enemigo que tenemos no descansa y no está lejos de nosotros, por lo tanto debemos esforzarnos en la Gracia de Dios para poder enfrentar las batallas que libramos diariamente en nuestra mente. Pero, como bien se ha dicho, estas batallas no deben darse meramente desde una defensa, sino tambien se debe ir en contra de nuestros enemigos en ofensiva de manera radical.

No debemos ignorar a nuestro enemigo Satanás, el cual es más fuerte que nosotros, y quiere vernos caídos. Bajar la guardia ante este enemigo siempre nos llevara a la derrota, por lo tanto debemos aferrarnos constantemente a Dios en humildad, no con orgullo como en muchas ocasiones lo hemos hecho y como lo hizo Pedro en Lucas 22: 31-34, sino como lo hizo Job en Job 13: 15 cuando dijo: “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré; No obstante, defenderé delante de él mis caminos, y él mismo será mi salvación”.

Seamos sinceros con nosotros mismos y reconozcamos que no podemos en nuestras propias fuerzas y con nuestro propio empeño ganarle a satanás, sino solo cuando descansamos en el Señor, cuando esperamos en Él aun cuando todo este en nuestro contra. En el evangelismo es muy importante tener en cuenta esto, porque estamos caminando en contra del enemigo, cada paso es una lucha, en donde debemos rogar al Señor que cuide de nuestros pasos, como lo hacía el salmista quien decía continuamente al Señor:

“Sustenta mis pasos en tus caminos, para que mis pies no resbalen.” Salmo 17: 5 (RVR 1960)

Somos muy débiles en nosotros mismos, por lo que debemos refugiarnos completa e incesantemente en el Señor, aun el mismo apóstol Pablo reconoció su fragilidad cuando dijo “golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.” (1 Cor. 9: 27) y de esta manera procuró luchar contra el mal. Nuestro peor enemigo no es satanás sino es nuestro pecado, por lo que si nos descuidamos este enemigo nos puede vencer. Un corazón orgulloso no puede vestirse de la armadura de Dios, pero cuando este corazón orgulloso reconoce su orgullo y necesidad ante Dios, puede vestirse de la humildad necesaria para poder revestirse de toda la armadura de Dios en humillación continua ante Él.

No dejes de luchar en contra de tu orgullo. El primer paso para poder luchar en contra de este grave pecado es reconociéndolo, primeramente en tu vida, es humillando tu yo, dejando de vivir para ti y viviendo para la gloria de Dios, en todo lo que eres y haces.

 

EL ESCUDO QUE NOS PROTEGE DEL ADVERSARIO Y TENTADOR

Arma espiritual: El escudo de la Fe

“Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno.” Ef. 6: 16 (RVR 1960)

No tenemos un enemigo de carne y hueso sino uno terrible que quiere vernos derrotados, no se cansa, sino incesantemente y como león rugiente anda buscando cómo devorarnos (1 Pedro 5: 8), atacando primeramente a los más débiles que se encuentran lejos de la manada. Esto tambien debe llevar a todo cristiano a no solo estar alerta por sí mismo sino tambien por su hermano, y primeramente por el más débil, para cuidarlo de los ataques del enemigo (Romanos 15: 1).

La vida cristiana exige coraje y determinación, por lo tanto la armadura de Dios no tiene la intención de proteger por el simple hecho de no ser heridos sino aun más de protegernos para que fortalecidos podamos atacar con vigor a nuestros enemigos. No queremos ser protegidos para sobrevivir en la batalla sino para vencer al enemigo, pero si no nos protegemos ¿Cómo podremos vencer en las batallas internas? El estratega militar y filosofo chino Sun Tzu en su libro “el arte de la guerra” escribió:

En situaciones de defensa, acalláis las voces y borráis las huellas, escondidos como fantasmas y espíritus bajo tierra, invisibles para todo el mundo. En situaciones de ataque, vuestro movimiento es rápido y vuestro grito fulgurante, veloz como el trueno y el relámpago, para los que no se puede uno preparar, aunque vengan del cielo.[3]

La defensa del cristiano no debe estar en el orgullo, sino en la prudencia, no en la soberbia sino en la humillación de su propio yo, y es tambien una pelea con avidez como guerreros victoriosos en Cristo Jesús que miran a su Señor con grandeza y esplendor sentado en el trono de victoria a la diestra del Padre, como dijo Gurnall “Solo la fe puede ver a Dios en su grandeza; por tanto, solo ella es capaz de reconocer las promesas en su grandeza, porque su valor estriba en Aquel que las ha hecho”.[4]

El escudo de la fe nos protege contra los dardos del enemigo que son sus tentaciones y todo lo que quiera hacernos caer en la incredulidad y el desánimo que solo busca llevarnos a negar a Dios con nuestras vidas. Por lo anterior debemos escudarnos con la fe, mirando pacientemente a Jesucristo y su triunfo, como un ejército victorioso, porque solo asi venceremos, como dijo el estratega militar: “un ejército victorioso gana primero y entabla la batalla después; un ejército derrotado lucha primero e intenta obtener la victoria después”.[5]

No peleamos para vencer, sino porque ya vencimos, ese debe ser nuestro pensamiento, pero no vencimos por nuestras propias fuerzas, porque en nuestras propias fuerzas nunca hubiéramos podido vencer sino solo por la Gracia de Dios, por medio de la fe en Jesucristo, pero en esa confianza debemos tener humildad y paciencia.

“Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” 1 Juan 5: 4-5 (RVR 1960)

El escudo de la fe no se refiere a la fe en la fe, a una fe en la nada, sino a la fe en Jesucristo, no es tan importante la magnitud de la fe como el lugar en donde esta puesta, por lo tanto el escudo de la fe se refiere a confiar en Jesucristo, creer que Él venció y está sentado en Su Trono sobre todo principado y potestad (Ef. 1: 15-23), y a esperar pacientemente en Él con humildad y gozo, aun en medio de la ansiedad, del decaimiento, del dolor, de la soledad, de la ansiedad o de la desesperación (Salmo 40: 1-3), porque Él es nuestro Señor, nuestro Salvador y nuestra ancla segura.

“Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.” Hebreos 9: 28 (RVR 1960)

Nuestra gran esperanza es Jesucristo, es solo en Él que debemos esperar y resistir a satanás y huir de toda tentación, adicción, pecado  e idolatría.

 

EL YELMO DE LA SALVACION, SEGURIDAD DE SALVACION Y ESPERANZA DE LA GLORIFICACION

Arma espiritual: El Yelmo de la Salvación

“Tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.”

Ef. 6:17 (RVR 1995)

La instrucción de la carta a los Efesios es sencilla: los cristianos deben vivir como cristianos, pero ¿Cómo es posible eso? Como bien se dijo antes, los primeros tres capítulos de Efesios son indicativos y los tres últimos imperativos. En este versículo se deben recordar los indicativos, porque es un versículo que nos ordena tomar el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios, los indicativos nos han enseñado con anterioridad la Gracia de Dios que nos ha llamado, santificado y unido al pueblo de Dios como miembros de un solo cuerpo. Teniendo en cuenta lo anterior nos instruye a tomar el Yelmo de la Salvación para no perder la cabeza, sino reconocer que la salvación es de Dios. No es un arma para salvación, sino de Dios para el que es salvo (Ef. 2: 8-9), es un arma protectora de Dios y que Dios nos ha querido dar para que la tomemos y significa que debemos reconocer a diario que la salvación es de Dios y que esta salvación que nos ha dado por Gracia es la única que puede ayudarnos a enfrentar cualquier situación.

El casco protector del creyente es el casco de la esperanza de la salvación (1 Ts. 5: 8) que protege la conciencia contra las armas de duda y desanimo que constantemente quieren atacarnos y nos da seguridad, como resultado natural de vivir en obediencia al Señor (1 P. 1: 3-5). El telón de fondo de Ef. 3: 17, como ya se había dicho anteriormente, es Isaías 59: 8-20 que nos enseña que la armadura de Dios habla claramente del celo y del ardor de la ira de Dios, por lo que no debe pensarse como una pasiva arma protectora de los ataques del enemigo sino aún más como una armadura activa y útil en la confianza en el Señor que nos fortalece para atacar a los enemigos del Señor, los cuales tambien son adversarios del pueblo del pacto del Señor, por lo que serán juzgados por Él gravemente (Ef. 6: 10-12).

La esperanza a nuestra suprema salvación, la aplicación total del Espíritu Santo a nuestra redención se realizará en nuestra glorificación, es algo que debemos esperar y tambien recordar constantemente por medio de un estudio profundo de las Escrituras, como en la memorización, sujeción y obediencia de las mismas. Nuestras preocupaciones y ansiedades quieren alterarnos pero todo esto debemos llevarlo a los pies de Cristo, descansando en Él y no escuchando la voz del enemigo que nos quiere incitar al pecado y la necedad, sino tomando con precisión las Escrituras para poder enfrentar con sabiduría estas situaciones. El yelmo de la salvación nos protege contra el desánimo que el adversario quiere que tengamos, porque bien sabe que un soldado desanimado es débil y mucho más fácil de atacar. Por lo anterior, en medio de nuestro desanimo vayamos a Dios en oración quien nos fortalecerá en su gozo y rechacemos radicalmente toda oferta del mal, pero si en ella hemos caído no dudemos de ir de nuevo ante el Señor en arrepentimiento evitando asi que el pecado prospere en nuestra vida.

La vida que Dios ordena que vivamos es una vida de santidad que significa tambien una vida de verdadero gozo, por lo tanto no creamos el engaño del enemigo de que el camino del creyente es uno aburrido y triste, porque es lo contrario: es bienaventurado todo aquel que obedece al Señor.

“… no os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza.”

Nehemías 8: 10 (RVR 1960)

La salvación es causa de gran gozo para toda nuestra vida, porque es pasado, presente y futuro, ocurrió en el pasado, lo vivimos en el presente y está garantizada en el futuro. Por lo anterior vivir en esperanza de salvación es vivir en gozo. No dudemos, sino con completa confianza en nuestro Señor pongámonos el casco (“kóba”) de la esperanza de la salvación final (1Ts. 5:8), el yelmo de la salvación que nos protegeré en contra del desaliento espiritual y luchemos en contra de los seres malignos controlados por satanás, porque aunque han sido derrotados igual que satanás, el sistema de pecado y la carne, deben seguir siendo vencidos, por lo que tenemos que batallar contra estos todos los dias, a través del poder del Espíritu Santo que mora en nosotros

Es el Espíritu Santo en nosotros que nos dará la victoria frente al mal (Rom. 8), por lo tanto llénate del Espíritu Santo, meditando continuamente en Las Escrituras.


LA ESPADA DEL ESPÍRITU SANTO EN LA SANTIFICACIÓN DEL CREYENTE

Arma espiritual: La Palabra de Dios

“La palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que toda espada de dos filos: penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.”

Hebreos 4: 12 (RVR 1995)

La armadura de Dios en la guerra espiritual es completamente necesaria, necesitamos urgentemente cada día tomar y revestirnos de cada arma espiritual, y mantenernos vestidos de toda ella para poder resistir al diablo (Sant. 4: 7), porque cada una y toda ella es necesaria para nuestra santificación y gozo en el Señor. En esta sección se ampliara el significado de la espada del Espíritu Santo en la santificación del creyente.

El evangelio es el poder de Dios para salvación (Rom. 1: 16-17) es el obrar del Espíritu en nuestra vida que resulta en un fruto que es ofensivo para el enemigo, porque es el bien que derrota el mal (Rom. 12: 20-21). La Escritura es descrita como una espada, un arma ofensiva (Heb. 4: 12) que es viva y eficaz (2 Co. 10: 3-5), porque es la Palabra de Dios. La Espada que pertenece al Espíritu Santo es un arma blanca y aguda que ha sido fabricada con un material inmortal y todopoderoso, porque es la Palabra de Dios, la arma ofensiva del Espíritu Santo que Jesucristo usó en medio de la tentación de satanás (Lc. 4: 1-13) y es la misma que nosotros debemos usar en contra de cualquier ataque del enemigo. No se refiere solamente a hacer un estudio profundo de las Escrituras con rigurosidad y esfuerzo sino principalmente a glorificar a Dios por medio de un estudio correcto de las Escrituras, como bien dijo Núñez: “nuestros mensajes necesitan ser exegéticamente correctos; pero requieren que los prediquemos de una manera que honren a nuestro Dios.”[6]

La arma más ofensiva contra nuestros enemigos es la Palabra de Dios, por lo que debemos prepararnos bien en toda ella para usarla correctamente, no como un amuleto de la suerte, ni ninguna forma de superstición, sino como el consejo de Dios que debe ser creído y obedecido, pero para ello es necesario saber usarla bien.

"Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad." 2 Timoteo 2: 15 (RVR 1960)

La Palabra de Dios debe ser usada como una daga en un combate directo, o como un cuchillo en una cirugía, con precisión, para ello es necesario saber estudiarla y aplicarla de manera correcta y en el momento preciso. Cada arma de Dios y toda la armadura de Dios son completamente necesarias en la santificación del creyente, en su victoria contra el mal, pero no se puede dejar a un lado la oración, porque va de la mano con toda la armadura de Dios. Es necesario siempre orar, porque es la oración la que nos dará ese corazón humilde y humillado ante el Poder y la Sabiduría del Señor para poder revestirnos de toda la armadura de Dios.

 

LA ORACIÓN EN LA ARMADURA DE DIOS

“orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas; que con denuedo hable de él, como debo hablar.”

Efesios 6: 18-20 (RVR 1960)

La Armadura de Dios es una unidad que le pertenece a Dios, por lo que no es posible que la usemos con sabiduría sin la oración. La oración es el pegamento que nos adhiere a la armadura de Dios, es una gran fortaleza en medio de la desesperación, es un ánimo en el desaliento y descanso en la inquietud. Recordemos que no debemos vivir por vista, sino por fe, esperando un mejor lugar, uno permanente, con nuestro Señor Jesucristo, porque es Jesucristo nuestra única real esperanza. Por eso debemos orar todos los dias, para que el Señor fortalezca nuestra fe en lo que es verdadero y eterno. Pero ¿Cómo debemos orar? A veces nos es difícil responder a esta pregunta, porque no sabemos cómo orar, pero tranquilo, tenemos un gran modelo de oración y es Jesucristo, como dijo el profesor Longman,

Jesús se convierte en modelo de oración. Ora ante decisiones importantes (Lc. 6: 12-13) y en relación a puntos importantes de crisis (…) Él mismo lucha en oración (Lc. 22: 41-44; Heb. 5: 7). Él ha orado por sus discípulos (Jn. 17, Lc. 22: 32), e incluso ahora, en el cielo. Él todavía intercede por nosotros (Heb. 7: 25). De hecho, nuestra intercesión ante el trono de Dios es válida porque la suya lo es (Heb. 4: 14-16).[7]

La oración es importante, porque puede fortalecer nuestra relación con Dios, nos lleva a depender más de Él, y es necesaria cada día en nuestra vida, porque nos ayuda en nuestra debilidad, para que cuando seamos tentados o probados sepamos como responder, pero tambien es una oportunidad de participar en la obra del Reino (Luc. 18, 21; Col. 4). Mas solo podemos acudir a Dios por medio de la obra de Jesucristo, nuestro único y suficiente Mediador. Siempre ha sido por medio de Jesucristo; en el Antiguo Testamento, era en base a la obra futura de Cristo, prefigurada en los sacrificios y ofrendas que los sacerdotes hacían en el templo (Heb. 7: 23-28; 10: 1-4; Rom. 3: 23-26), pero ahora que Jesucristo ha muerto y resucitado, podemos entrar confiadamente, con plena seguridad y libertad a la misma presencia de Dios por Su sangre, es decir por Su suficiente expiación por nuestros pecados (Heb. 10: 19).

Orar en el nombre de Jesús, no debe ser tomado como una fórmula mágica, sino que Juan 14: 13-14 cuando nos dice que pidamos en el nombre de Jesús, nos está diciendo que solo podemos orar en la autorización de Jesús, puesto que cuando se decía “en el nombre de una persona”, se hablaba de la persona misma, entonces orar en el nombre de Jesucristo es orar en Jesucristo, en su carácter, conforme a su santa voluntad, lo que tambien quiere decir que nuestra oración a Dios debe ser enfocada en que nuestra vida sea moldeada conforme a la imagen de Jesucristo, es eso a lo que se refiere vestirnos de toda la armadura de Dios, vivir conforme a Jesucristo, lo que implica no dejarnos moldear a este mundo, huir de todo tipo de idolatría, aborrecer el mal y amar el bien, odiar lo que Dios odia y amar lo que Él ama, disfrutar el bien y aborrecer el mal, gozarnos en Su Palabra y desechar las obras perversas de la oscuridad.

La Biblia nos enseña a orar conforme a la voluntad de Dios (1 Jn. 5: 14), es decir conforme a lo que dice la Palabra de Dios, porque la voluntad de Dios es que lo obedezcamos. Cuando oramos, aunque el patrón primordial es orar al Padre, podemos orar tambien directamente a Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo, porque cada Persona de la Trinidad es digna de oración y nada prohíbe tal oración. No oremos con incertidumbre, sino con la seguridad de que Dios nos oye, no temamos orar, porque no sabremos como orar hasta que oremos, en el proceso sabremos como debemos mejorar en la oración, pero no temamos orar a Dios, hagámoslo con un corazón sincero, rendido y humillado, dispuestos aun a cambiar nuestras peticiones si no son conforme a su Santa Voluntad.

¿Qué nos impide orar? Quizás no hemos confesado un pecado, no hemos restaurado una relación, no hemos perdonado. Si es asi vayamos pronto ante nuestro hermano y procuremos restaurar nuestras relaciones, humillémonos ante Dios y pidamos perdón ante Él, arrepintámonos, cambiemos nuestro modo de pensar frente al pecado, repudiémoslo y apartémonos de todo mal, seamos humildes y reconozcamos nuestros errores, no seamos arrogantes, ni soberbios, sino sencillos.

Podemos estar viviendo de una manera ordenada, procurando andar de la mejor manera ante Dios, guardando y obedeciendo sus mandamientos, pero eso no significa que viviendo en tal deseable estado tendremos lo que pidamos a Dios. No siempre tendremos lo que queremos, recordemos que Pablo le pidió tres veces al Señor que le quitara el aguijón de su carne que le atormentaba pero Dios le respondió NO (2 Co. 12: 8), a veces será un sí, otras no, y otras después, pero no debemos desesperarnos sino confiar en que la respuesta del Señor es la mejor. Aunque tambien es menester reconocer que muchas veces el NO que recibimos es porque no oramos y no oramos porque no confiamos en Dios como deberíamos, como dijo Grudem,

Si estuviéramos realmente convencidos de que la oración cambia la manera en que Dios actúa, y que Dios en efecto produce cambios asombrosos en el mundo en respuesta a la oración, como la Biblia repetidamente enseña que lo hace, oraríamos mucho más de lo que oramos. Si oramos poco es probablemente porque en realidad no creemos que la oración logre gran cosa.[8]

Oremos en privado, en nuestra intimidad con Dios, procuremos ser constantes en nuestra oración, pero tambien oremos con otros (Mt. 18: 19-20, Hch 4: 24, Mt 6: 11-13), porque orar es una gran bendicion y medicina para todo nuestro ser, como sigue diciendo Grudem “orar con otros, entonces, es correcto y a menudo aumenta nuestra fe y la eficacia de nuestras oraciones”.[9] En muchas ocasiones minimizamos el ayuno, pero en varios pasajes vemos que la oración estaba acompañada de ayuno. Aunque en el nuevo testamento no se nos exija ayunar, tenemos pasajes que nos animan a ayunar (Mt. 6: 16, 9: 15). De seguro que si ayunáramos más continuamente y dedicáramos este tiempo de la comida en la oración estaríamos más fortalecidos espiritualmente, orando como lo hizo Jesucristo, en todo momento y asi enseñó a sus discípulos que “debían orar en todo tiempo, y no desfallecer” (Lc. 18: 1).

Mientras no estemos velando y orando, como deberíamos hacerlo, experimentaremos continuas caídas, por lo tanto no nos dejemos llevar por la pereza, abandonemos el mal uso del tiempo y definamos con claridad cada una de nuestras prioridades, reconociendo que nuestra vida está en continuo peligro, porque cerca está el tentador que anda como león rugiente para devorarnos, y sin dudar lo hará en nuestra debilidad, por lo que debemos fortalecernos continuamente por medio de la oración ferviente y continua para no entrar en tentación.

“Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.”

Mateo 26: 41 (RVR 1960)

Velemos y oremos como vigilantes de nuestra alma y de la de nuestros hermanos para que seamos fortalecidos en el poder de Dios para poder vencer cada una de las pruebas y huir de las tentaciones, pero tambien somos llamados a ser astutos y prudentes. Debemos aprender a ser astutos para hacer el bien, estratégicos, organizados, inteligentes y dejar de improvisar tanto. Ser astuto en el sentido de aprender usar del ingenio para hacer lo bueno, para obtener el perdón de quien ofendimos, para predicar el evangelio, para obedecer los mandamientos, para huir del pecado, para amar a nuestros hermanos, etc. A veces nos preguntamos, pero ¿Cómo puedo amar a aquella persona que es tan cruel conmigo? Usa de la astucia, pero se prudente. Es decir, busca estrategias que te ayuden a obedecer los mandamientos, a amar más a Dios y a tu prójimo, pero nunca busques una estrategia que pueda llevarte al pecado, porque esto no tiene sentido y solo hará daño a tu vida. Pensemos en esto: algunos “cristianos” que se acomodan al mundo, viven como el mundo y dicen que lo hacen para alcanzar al mundo para Cristo, esto definitivamente no tiene sentido, es completamente irracional. Mas bien, seamos prudentes, sabios para hacer el bien e ignorantes para el mal, alejándonos del pecado y de todo lo que quiera llevarnos a este mal, velando en oración en todo tiempo, orando aun en medio de nuestra suciedad, como sabiamente lo hizo el hijo prodigo que aun con los arrapos que vestía, de su mal olor que lo cubría por estar en medio de los cerdos y de su vergonzoso estado de miseria, se presentó ante su padre quien sin menospreciarlo por su condición lo abrazó y lo perdonó, como lo ha hecho y lo seguirá haciendo nuestro gran Dios con todos aquellos que son sus hijos, amando, limpiando y celebrando a todo aquel que se acerca a Él (Lc. 15: 11-32), por ello ve ante Dios en todo tiempo, en felicidad o en tristeza, en salud o enfermedad, en victorias o en derrotas, nunca dejando de orar.



[1] William Gurnall, El cristiano con toda la armadura de Dios, trad. de M. Anne Crandell de Garrido (Edimburgo, Reino Unido: El estandarte de la Verdad, 2011), 287-288.

[2] Ibid., 406.

[3] Sun Tzu, El arte de la guerra (VI a. C.), 10

[4] William Gurnall, El cristiano con toda la armadura de Dios, 715

[5] Sun Tzu, El arte de la guerra (VI a. C.), 11

[6] Miguel Núñez, De pastores y predicadores (Nashville, TN: B&H Publishing Group, 2019), 48.

[7] Tremper Longman III, ed., Diccionario ilustrado Bíblico Baker (India: Vidalibros, 2019), 1305.

[8] Wayne Grudem, Teología Sistemática (Miami, Fl: Vida, 2009), 395.

[9] Ibid., 408.

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