LUCHAR CONTRA EL PECADO HASTA LA MUERTE

Como cristianos no estamos bajo el dominio del pecado, pero podemos caer en el mismo, por lo que debemos estar en constante guardia orando incesantemente para no caer en tentación. La vida del cristiano es como una guerra, una batalla diaria que tiene que librar en contra de su carne, de sus apetitos desordenados hasta su muerte, porque el día que deja de luchar es una batalla que ha declarado su total derrota.

Las batallas que el cristiano gana se las debe solo a Dios, pero las que pierde son responsabilidad solamente suya, por lo que debe pedirle perdón a Dios, asumir las consecuencias funestas de su derrota, limpiar su rostro de las lágrimas que merece su pecado y continuar de nuevo en la lucha. No se puede quedar postrado en tierra, llorando por su derrota sino que debe ser valiente, asumir las consecuencias de sus malas decisiones y prepararse en el Señor para vencer los nuevos ataques que enfrentará, porque aunque el espíritu está dispuesto la carne es débil. Cuando usted lucha con sus propias fuerzas siempre va a perder, pero cuando va con la guía del Señor, en sometimiento a Su Palabra, vence.

La vida del creyente es como enseña Romanos 7, una constante guerra interna entre los deseos de la carne y los deseos del espíritu, entre aquello que está muerto, el pecado remanente, y el espíritu que está vivo, porque aunque el pecado ya no es dominante sigue siendo un residente que debe ser cada día mortificado por medio del poder del Espíritu Santo, porque solo en el Espíritu Santo puede morir y ¿esto que significa? Que debemos someternos al Espíritu Santo, para que Él sea sometiendo todo nuestro ser a Él y asi no vivamos conforme a la carne sino conforme al Espíritu.

“Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.” Gálatas 5: 16-17 (RVR 1960)

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