LIMPIOS ¿PARA QUÉ?

Muchas personas dicen que tienen mucha basura acumulada en su cabeza, basura que por años han reciclado, pero no han desechado por completo, por lo que en sus fuerzas buscan limpiarse de tanta suciedad que guardan con actividades como el gimnasio, la buena alimentación, meditaciones como el yoga, obras sociales, entre otros ritos que a la verdad de nada sirven sino pueden llegar a ser peor, como dijo Jesús:

“Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, pasa por lugares áridos buscando descanso y no lo halla.  Entonces dice: «Volveré a mi casa de donde salí»; y cuando llega, la encuentra desocupada, barrida y arreglada.  Va entonces, y toma consigo otros siete espíritus más depravados que él, y entrando, moran allí; y el estado final de aquel hombre resulta peor que el primero. Así será también con esta generación perversa”  Mateo 12: 43-45 (LBLA)

Limpios ¿para qué? Si nuestro propósito es solo quitarnos nuestra vieja vestidura, pero no vestirnos de la nueva, creada según Dios en la justicia y santidad de la Verdad, entonces estamos en un camino peligroso en donde muchos han caído. No es bueno que busquemos ser libres de la adicción sin un propósito, no es saludable que solo busquemos a Dios como un medio para nuestro propio placer, porque Dios no es un bombero que solo lo llamas para que apague tus fuegos, sino es Dios quien merece toda la honra, por lo que el único propósito verdaderamente digno de ser limpios es para glorificar y adorar a Dios con un corazón que le agrade, fuera de este propósito no hay propósito verdadero y todo lo anterior escrito en este libro seria insignificante.

Si nos hemos ensuciado con el lodo del pecado, como hijos de Dios, busquemos ser limpios por nuestro Señor Jesucristo, para serle agradables, como dijo Lutzer “¿Qué debemos hacer después de haberlo echado todo a perder? Nuestra primera decisión debiera ser correr de vuelta a los brazos del Padre celestial que nos espera" [1]. No permitamos que el pecado tome fuerza en nuestra vida, sino desechémoslo y renovemos nuestro entendimiento con la Palabra de Dios para regocijarnos en el Señor con un corazón limpio y puro ante Él.



[1] Erwin W. Lutzer, Después de la caída (Miami, Fl: Unilit, 2011).

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