¿EN QUE DIOS CREES?
La adicción nace en el corazón del ser humano y tiene su propio dios, ese dios puede ser la marihuana, las mujeres, la tierra, uno mismo o cualquier otra cosa que no sea Dios. Por lo anterior este libro comprende que el corazón de la adicción es la idolatría.
Si tu dios es la marihuana tu causa y conclusión es
enemistad contra Dios, si tu dios es la lujuria tu causa y conclusión es
enemistad contra Dios, si tu dios es el deporte tu causa y conclusión es
enemistad contra Dios y así sucesivamente será la misma causa y el mismo
resultado con cualquier adicción, “por cuanto los designios de la carne son
enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco
pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.”
(Romanos 8: 7-8).
No puedes agradar a Dios en tu propia humanidad caída, no
redimida, por lo que es necesario que supliques a Dios por Su Misericordia,
como le dijo Fiel a Esperanza, en el libro del Progreso del Peregrino, ve ante
el trono de misericordia y dile a Dios:
Dios,
se propició a mí, pecador, y hazme conocer a Jesucristo y creer en Él, porque
veo que si no hubiera habido su justicia, o si yo no tengo fe en esa justicia,
estoy totalmente destituido; Señor, he oído que eres un Dios misericordioso, y
has ordenado que tu Hijo Jesucristo sea el Salvador del mundo; además, que estás
dispuesto a otorgarla a un pobre pecador como yo (y ciertamente soy pecador).
Señor, toma esa oportunidad y magnifica tu gracia en la salvación de mi alma,
por medio de tu Hijo Jesucristo. Amen[1]
Puedes repetir la anterior oración, una y otra vez, o
alguna otra semejante, sin que en tu vida haya un cambio genuino, porque nunca
una oración cambiara tu corazón, sino es Dios quien lo hará. Pero si comprendes
que la transformación de tu ser solo lo puede hacer Dios, y en verdad crees en
Jesucristo, acudiendo a Él en humillación y quebrantamiento entonces tu oración
será escuchada, porque Jesucristo no desecha al que va ante Él en espíritu y
verdad, por lo tanto no solo ve ante Dios con sabias palabras sino con un
corazón humillado, dispuesto a confiar y creer en Él.
Debemos tener mucho cuidado con nuestro corazón, entregando
al único que merece toda honra, a Dios. No podemos pretender servir a Dios y a
la carne al mismo tiempo, por lo tanto, dejemos a un lado todo aquello que nos
quiera alejar de Dios y busquemos con prontitud el gozo del Señor.
“Me
mostrarás la senda de la vida; En tu presencia hay plenitud de gozo; Delicias a
tu diestra para siempre.” Salmo 16: 11 (RVR 1960)
“Porque
en ti está la fuente de la vida; en tu luz vemos la luz.” Salmo
36: 9 (LBLA)
[1] John Bunyan, El Progreso del
Peregrino (Madrid, España: Whitaker House, 2013), 134.
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