EL PODER DE LAS PALABRAS
“Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno” Colosenses 4: 6 (RVR 1960)
Las palabras son tan importantes para la formación de
nuestro pensamiento y del de los demás que por esta razón es que la Biblia nos
advierte tanto de tener cuidado con ellas, porque con ellas podemos edificar o
destruir vidas.
Las palabras tienen un poder especial, transformador, por
ejemplo, cuando solo hablamos de los problemas, de las cosas malas de los
demás, de las dificultades, nuestra vida tendrá a ser más dura, aburrida y
triste, pero cuando vemos los problemas como oportunidades y así hablamos de
estos y vemos a las personas con amor y así hablamos de ellas, vamos a poder
disfrutar de cada circunstancia y con cada persona que estemos, entonces
tengamos mucho cuidado con nuestras palabras, tratando siempre de hablar lo correcto,
lo bueno y lo que a Dios le agrada. Esto no quiere decir que debamos ignorar
las dificultades sino, por el contrario, es necesario que las enfrentemos con
tenacidad y valentía, mirando a quien es mayor que nuestros problemas, a Dios.
En nuestras relaciones filiales y aun en nuestro
matrimonio es el lenguaje y la comunicación lo que fortalece estas relaciones,
haciéndolas más preciosas o menos dichosas, depende de cómo y de que estamos
conversando. En el matrimonio, por ejemplo, es importante que tanto el esposo
como la esposa se transmitan palabras de amor, de ánimo y de respeto el uno al
otro, porque si cada uno busca sacar lo mejor del otro, podrá sacar lo mejor de
sí mismo.
Las palabras de edificación son como una perla preciosa,
de gran valor y estima para quien la recibe y las valora, pero para los cerdos
es nada.
“No deis lo santo a los perros,
ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se
vuelvan y os despedacen”
Mateo 7: 6 (RVR 1960)
Los cerdos y los perros son aquellos que aun conociendo la
Palabra de Dios se han apartado de la misma, prefiriendo seguir sus propios
pensamientos humanistas. Los falsos maestros hacen parte de este grupo, ellos
entran persuasivamente a las iglesias, aparentando tener una relación con Dios
cuando la verdad es que Dios no los conoce, por lo tanto, tengamos cuidado con
ellos y no permitamos que sigan en la iglesia, ni les demos la bienvenida en
nuestras casas, sino por el contrario alejémonos de todos aquellos que
desprecian la preciosa Palabra de Dios usando con astucia el engaño en sus
palabras.
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