EL CUIDADO DE DIOS PARA SU IGLESIA Y LA SANA DOCTRINA
La Iglesia tiene sus orígenes en la ciudad de Jerusalén; recordemos que fue en el Gólgota, cerca de las murallas de Jerusalén, donde murió nuestro Señor Jesucristo (Mat. 27: 32-35) y que fue tambien en Jerusalén el lugar en donde los discípulos debían esperar la promesa del Espíritu Santo (Hch. 1), por lo que en este lugar nace la Iglesia y la primera iglesia local que se reproducirá en otros lugares del mundo, como Roma, Corinto, Galacia, entre otros, por lo que se podría afirmar que la iglesia de Jerusalén fue la Iglesia Madre y Santiago “el obispo monárquico” o arzobispo en Jerusalén, como se puede ver en el concilio de Jerusalén presidido por Jacobo (Santiago) en Hechos 15.
Las iglesias que nacen en el
primer siglo fueron plantadas principalmente por los Apóstoles, quienes son el
fundamento de la Iglesia, no por ellos mismos sino por Jesucristo,
principalmente en sus enseñanzas y enfáticamente en las Escrituras. En el año
64 ap. Pedro y Pablo sufrieron el martirio, pero la muerte a causa de su fe, en
Roma, no desamparó a la Iglesia y aunque cada uno de ellos murió, no se
extinguió la Iglesia, porque Las Escrituras continuaron siendo enseñadas por
los obispos, hombres sin tacha que fueron designados por los apóstoles y sus
discípulos (1 Tim. 3).
La producción del Didaje,
compilado del 65 al 100 d.C. como un manual de instrucción para los primeros
discípulos, se aceptó como una colección de los padres apostólicos, escritos de
los padres que son o fueron los más cercanos a los padres de la Iglesia, pero
ni siquiera este libro de instrucción que veremos más adelante, se puede
comparar a la Suprema Autoridad de las Escrituras. Después del Martirio de
Santiago alrededor del 64 y lo ocurrido en Jerusalén en el 70 perdió fuerza la iglesia
en Jerusalén, la primera iglesia local, pero la Iglesia esforzada y valiente
continuó con vigor predicando a Cristo en los diferentes lugares del mundo,
porque la Iglesia no es un lugar, es el Cuerpo de Jesucristo, es cada persona
que ha nacido de nuevo y aunque destruyan las congregaciones nunca podrán
acabar con la Iglesia.
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