EL AMOR QUE NUNCA SE ACABA

 

“El amor es sufrido, es benigno;
el amor no tiene envidia;
el amor no es jactancioso, no se envanece,
no hace nada indebido, no busca lo suyo,
no se irrita, no guarda rencor;
no se goza de la injusticia,
sino que se goza de la verdad.
Todo lo sufre, todo lo cree,
todo lo espera, todo lo soporta.”

1 Corintios 13: 4-7 (RVR 1995)

El amor sincero y que siempre perdurará tiene las anteriores características mencionadas, mas no solo esto, sino que también nos da verdadera identidad. La identidad es la existencia y el propósito de la misma, es la esencia que responde a las preguntas ¿Quiénes somos? ¿Por qué? Y ¿Para qué?

Cuando nace un bebe ¿Qué es lo primero que hacen los padres? Lo miran, lo abrazan, se alegran y le ponen un nombre. Un nombre que le dará identidad. Aunque el nombre no es toda la identidad del bebe es una parte fundamental de nuestra identidad que se encuentra vinculada a nuestro carácter.

La identidad natural de nosotros como humanos es dada por el nombre que nuestros padres nos dieron y el rol que ejercemos. Por ejemplo: Yo soy pepito, soy estudiante y también soy hijo. Aun así, esta es una identidad pasajera cuando la comparamos con la identidad eterna que nos ofrece Dios.

 

EL NUEVO NACIMIENTO

“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no lo conoció a él.”

1 Juan 3: 1 (RVR 1995)

“Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.”

1 Pedro 2: 9 (RVR 1995)

La identidad que Dios nos dio, gracias al nuevo nacimiento que hemos experimentado por medio de la gracia redentora de nuestro Señor Jesucristo, nos dio un nombre nuevo y una función sobrenatural, somos hijos de Dios y mensajeros de su Reino.

“…porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. El que de esta manera sirve a Cristo, agrada a Dios y es aprobado por los hombres.”

Romanos 14: 17-18 (RVR 1995)

Quien ha aceptado la salvación de Dios no busca lo suyo sino lo que es de Dios, su santidad, justicia y amor, por lo tanto, reconoce que solo en Jesucristo podremos no solo tener comunión con Dios sino cumplir con obediencia la función que como hijos, padres, esposos o hermanos tenemos.

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