CON LA BASURA NO SE JUEGA
Es muy normal que una madre le diga a su hijo “no juegues con la basura”, porque naturalmente un niño busca jugar y muchas veces hasta meterse en la boca lo primero que encuentra en el camino, sin discernir si eso es basura o es comida. Recuerdo que de pequeño me gustaba jugar con mi propia popo, pensaba que era divertido, hasta en ocasiones hacia dibujos con ella en la pared del baño, lo anterior es asqueroso, pero es algo que en su momento pensaba que estaba bien, hasta que comprendí lo sucio que era hacer eso. Lo que te acabo de contar es repugnante, pero es algo que también puede pasar en nuestras vidas cuando jugamos con la carne y el pecado, como lo hizo el llamado hijo prodigo, una historia de un joven que prefirió ir tras la basura que disfrutar del amor de su padre, parábola que el Señor narró para que comprendiéramos un poco mejor su inmenso amor,
“Y Jesús dijo: Cierto
hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos le dijo al padre: «Padre, dame
la parte de la hacienda que me corresponde». Y él les repartió sus
bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntándolo todo, partió a
un país lejano, y allí malgastó su hacienda viviendo perdidamente. Cuando
lo había gastado todo, vino una gran hambre en aquel país, y comenzó a pasar
necesidad. Entonces fue y se acercó a uno de los ciudadanos de aquel
país, y él lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Y deseaba llenarse el
estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le
daba nada. Entonces, volviendo en sí, dijo: «¡Cuántos de los
trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, pero yo aquí perezco de
hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: “Padre, he pecado contra
el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme como
uno de tus trabajadores”». Y levantándose, fue a su padre. Y cuando todavía
estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión por él, y corrió, se echó
sobre su cuello y lo besó. Y el hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el
cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo». Pero el padre
dijo a sus siervos: «Pronto; traed la mejor ropa y vestidlo, y poned un anillo
en su mano y sandalias en los pies; y traed el becerro engordado,
matadlo, y comamos y regocijémonos; porque este hijo mío estaba muerto y
ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado». Y comenzaron a
regocijarse. Y su hijo mayor estaba en el campo, y cuando vino y se acercó
a la casa, oyó música y danzas. Y llamando a uno de los criados, le
preguntó qué era todo aquello. Y él le dijo: «Tu hermano ha
venido, y tu padre ha matado el becerro engordado porque lo ha recibido sano y
salvo». Entonces él se enojó y no quería entrar. Salió su padre y le
rogaba que entrara. Pero respondiendo él, le dijo al padre: «Mira,
por tantos años te he servido y nunca he desobedecido ninguna orden tuya,
y sin embargo, nunca me has dado un cabrito para regocijarme con mis
amigos; pero cuando vino este hijo tuyo, que ha consumido tus
bienes con rameras, mataste para él el becerro engordado». Y él le
dijo: «Hijo mío, tú siempre has estado conmigo, y todo lo mío es
tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este, tu
hermano, estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha
sido hallado».”
Lucas 15: 11-32 (LBLA)
Nos amoldamos en aquello que amamos, por lo que si amamos
la basura del pecado nos vamos transformando en la basura del pecado, pero si
nuestro amor y corazón está en las manos de Dios entonces tenemos seguras
promesas de vida eterna en Cristo Jesús.
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