EL MIEDO HA SIDO QUITADO

 

Marco Antonio era un señor de unos 600 años que le gustaba mucho caminar con dicha y alegría. Antes de empezar el día se proponía a recorrer varias calles y saludar a sus amigos. El creía que lo tenía todo, hasta que comprendió que le faltaba lo más importante, amor verdadero.

La historia comienza en el año 535. En aquellos tiempos los hombres vivían una vida larga y desdichada. En el año 400 del señor Ricardo y del 350 de la señora Carmen nació Marco Antonio. El siempre fue un niño muy inquieto, corría de un lado para otro, le gustaba mucho ser el centro de atención y así fue creciendo.

La escuela no era un lugar, era todo el mundo, se aprendía de cada persona que lo habitaba. Unos se enfocaban más en un área que en otros, por ejemplo, estaba el grupo de los carpinteros, otro de los zapateros, agricultores, y así sucesivamente, pero todos se conocían y compartían un mismo idioma. Ellos vivían tan cómodamente que creían nunca morir, porque nunca se había escuchado de que alguien muriera, hasta que un día se anunció la noticia de un hombre llamado Mariano que había fallecido. La muerte de este hombre contristó a todo el mundo, porque era muy conocido y amado, pero no fue la primera persona ni sería la última en morir.

Las personas empezaron a tener miedo, a sufrir de pánico, ¿Cuándo seré yo quien muera?, se escuchaba en las calles, mientras que otros decían entre sí “beberé y comeré, me saciara por completo de todo lo que mi cuerpo desee antes de morir”. La violencia fue incrementándose poco a poco, hasta que todo se volvió solo caos, ya los agricultores no tenían azadones sino habían cambiado sus herramientas por espadas, para cuidar sus espaldas, porque se levantaron hombres que querían poseerlo todo. Ya, en esos tiempos, Marco Antonio tenía unos 400 años y, aunque él quería lo mejor para su pueblo, decidió partir de allí hacia un desierto muy lejano, donde no hubiere hombre alguno.

Marco Antonio se fue con su mujer Patricia a un valle solitario, juntamente con su ganado y pertenencias. Allí empezaron a construir su hogar y tuvieron varios hijos, a quienes criaron en valores. Pero Marco Antonio después de estar en aquel lugar tanto tiempo, fue adquiriendo un gran peso en su corazón por su pueblo y las personas con que se había criado, entonces habló con su mujer sobre ello, ella le dijo que fuera y volviera a su pueblo, que no se preocupara, porque lo esperaría.

El sol estaba fuerte, el viento hacia que la arena del desierto no permitiera ver, pero allí estaba Marco Antonio, con su hijo Fabián a quien llevó a esta gran aventura y un camello que cargaba las provisiones para el largo viaje que les esperaba. Caminaron días, semanas y meses, dando vueltas sin darse cuenta, porque estaban perdidos, las provisiones que tenían ya se habían acabado, pero siempre encontraban en el camino un lugar donde dormir, agua para beber y algo que comer.

Fabián miró a lo lejos a unas personas y le dijo con mucha alegría a su padre “¡llegamos padre!¡llegamos! Allí están, allí” Su padre observó y fue acercándose poco a poco. Conocía a aquellas personas, porque ellos eran sus hermanos. Se abrazaron y luego fueron a casa de su padre quien al ver a su hijo lloró de inmediato y se aproximó a Él. Su padre, un hombre de 800 años, gritó a voz habida “¡Gracias Dios!¡Gracias por escuchar mis plegarias!” Marco Antonio no entendía lo que decía su padre, pero tampoco lo cuestionó, más bien le contó todo lo que había sucedido en los años en que se había ido.

Marco Antonio, en la noche de aquel día, se fue a caminar solo, quería salir a meditar. En medio de la oscuridad de las calles observó un lugar vacío y solitario, en donde veía el desprecio de la gente, su indiferencia y miedo. Esto lo conmocionó, volvió a su casa, abrazó de nuevo a su familia y se fue a dormir. Al día siguiente, en la madrugada, salió a trotar; en el camino iba saludando a todos con quienes se encontraba, no quería ser igual que los demás, indiferente, sino amable y cordial. Las personas lo saludaban, lo estaban empezando a amar. Él se sintió amado por ellos, pero sabía que había algo que le faltaba, tenía mucha tristeza en su corazón, pero también amargura, a pesar de estar con su familia y de tenerlo aparentemente todo.

¾     Hijo quiero decirte algo

Ricardo, el padre de Marco Antonio, con voz de ternura y mirando directamente a los ojos de su hijo le dijo

¾     Hijo, cuando te fuiste un terremoto fuerte sacudió nuestra tierra, muchos murieron, luego una peste contagió a todos, varias personas murieron. Tu madre estaba muy mal en esos días, pensamos que iba a morir porque se contagió de esa enfermedad, estaba muy mal, pero un hombre se acercó a nosotros, se llama Cristian y comenzó a hablarnos sobre nuestro Creador. Nunca había escuchado a alguien hablar de nuestro Creador como lo hacía Cristian, entonces empezamos a escuchar. Él llegaba todas las mañanas a hablarnos y nosotros le hacíamos muchas preguntas, porque estábamos muy interesados, hasta que comprendimos que nuestro Creador es Santo, perfecto, apartado del mal, pero nosotros nos habíamos corrompido tras nuestras propias vanidades, entonces le preguntamos a Cristian ¿que podíamos hacer para que tuviera piedad de nosotros nuestro Creador?

Mientras Ricardo hablaba, Marco Antonio se le aguaban los ojos, guardando en silencio lo que decía su padre.

¾     Hijo, nuestro Creador es tan misericordioso que nos ha dado salvación, ha pagado el precio de nuestra maldad. No son nuestras obras las que nos van a salvar por más buenos que pretendamos ser, sino solo es El, por eso tenemos que arrepentirnos y creer en El.

Marco Antonio fue compungido en su corazón y lloró con lloro fuerte, sin decir una sola palabra, hasta que dijo con una voz casi inaudible “Señor perdóname, perdóname, creo en ti”. No dijo nada más, pero lo que dijo fue lo más sincero que alguna vez había dicho, porque fueron palabras que emergieron de su propio corazón.

Ricardo y Carmen despidieron a su hijo y a su nieto, le dieron gracias por compartir con ellos, también sus hermanos le agradecieron. Luego se fueron devuelta, Marco Antonio y su hijo Ricardo, a la tierra en donde estaba su hogar. Pero este camino parecía muy denso, mucho más que el anterior, el viento estaba mucho más fuerte, las tormentas de la noche no los dejaban dormir, pero Marco Antonio tenía su confianza puesta en Dios y así le hizo saber a su hijo lo importante que era confiar en Dios. En el camino, Marco Antonio cayó muchas veces, se angustió en algunos momentos, pero solo fueron momentos, porque después, casi al instante, se daba cuenta de su error, se arrepentía ante Dios y procuraba mejorar, no con su vigor, sino con las fuerzas que provienen únicamente de su Creador, hasta que llegó de nuevo donde su mujer a quien besó y contó todo lo que había ocurrido y como su vida había sido transformada por Dios. Su familia escuchó su testimonio y todos, sin excepción, depositaron su vida en las manos de su Creador.

Los momentos pueden ser difíciles, de angustia constante y muchas confusiones, aun para nosotros, como hijos de Dios, pero marcamos la diferencia cuando dejamos nuestras cargas pesadas en la cruz, llevando solo el peso ligero del evangelio, para caminar con paciencia en el sendero que ya el Señor preparó de antemano para cada uno de nosotros.

“Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme? Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos, para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron. Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado.”

Salmos 27: 1-3 (RVR 1960)

En toda la historia de la humanidad se ha podido observar como el ser humano ha sido tan astuto para hacer el mal, pero, en medio de todo el caos que ha provocado su pecado, el amor de Dios ha alumbrado mucho más (Rom. 5: 20) como una antorcha prendida en medio de la incertidumbre, para dar esperanza, fe y amor al que se arrepiente y cree en Jesucristo.

 “En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños.”

Mateo 11: 25 (RVR 1960)

La mente del ser humano no es clara sino confusa, no sabe con certeza lo que anhela, está llena de dudas, porque se ha dejado corromper por la avaricia que en vez de proveerle de mejores beneficios le ha llevado a una completa incertidumbre e insatisfacción hacia todo lo que le rodea.

“Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?”

Juan 3: 12 (RVR 1960)

No es posible creer en Jesucristo cuando nuestra confianza no está en él, sino en la razón, en la filosofía y en todos nuestros pensamientos ilusorios. Es necesario confiar en Dios para creer en misterios que nuestra razón aun no puede, ni podrá comprender o explicar, como la Trinidad, el amor y aun el mismo evangelio.

La necesidad más grande del hombre no es el dinero, ni la educación, ni un mejor gobierno sino es conocer a Dios y confiar completamente en Él de corazón (Salmos 91), solo así, andando en el camino que Él preparó para nosotros, aunque no comprendamos con completa cabalidad cómo llegamos a tal salvación, a la redención, al nuevo nacimiento y a la regeneración, es que podremos ser salvos de la horrenda condenación que el mundo va a enfrentar.

“No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.” Juan 3: 7-8 (RVR 1960)

No nos preocupemos, ni permitamos que nuestro ánimo sea alterado por cosas que no comprendemos, como el maravilloso amor de Dios, sino disfrutémoslo y regocijémonos en el Señor, quien un día nos explicara, si así quiere, los misterios que aun nuestra mente no logra comprender.

 “Pero hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios” Daniel 2: 28 (RVR 1960)

El misterio del evangelio no necesita ser explicado, sino predicado, no tiene que ser comprendido, sino creído, porque predicando, entenderemos y creyendo, viviremos.

“El respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado.” Mateo 13: 11 (RVR 1960)

No ignoremos los misterios del evangelio, pero tampoco busquemos darles explicación bajo nuestro propio razonamiento, más bien seamos humildes, reconociendo nuestra incapacidad delante de Dios.

“Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles” Romanos 11: 25 (RVR 1960)

Los antiguos profetas y siervos de Dios predicaban la Palabra de Dios sin conocer claramente lo que predicaban, pero lo hacían porque confiaban en Dios de todo corazón, así mismo nosotros debemos proceder, confiar en Dios aun cuando no tengamos una revelación completa de Él.

“Y al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación de Jesucristo, según la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos” Romanos 16: 25 (RVR 1960)

En el tiempo correcto, el Señor revelara a su pueblo lo que quiera revelarle, por lo tanto, no nos afanemos en el deseo de conocer las cosas secretas de Dios porque “las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley” (Deuteronomio 29: 29).

“Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios.” 2 Corintios 4: 1 (RVR 1960)

Las doctrinas teológicas que han surgido con el propósito de desvirtuar la fe, superponen discursos filosóficos sobre la Palabra de Dios, llevando a muchos a un entendimiento enceguecido que ha enfriado su mente y corazón.

“Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.” 1 Corintio 13: 2 (RVR 1960)

En la Biblia se mencionan profecías que no se explican con claridad, pero que sucederán, como, por ejemplo, la que escribió Pablo en la carta a los Corintios:

“He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados” 1 Corintios 15: 51 (RVR 1960)

La intención de Pablo no era confundir al pueblo de Dios con este mensaje, ni tampoco darle claridad frente a lo que sucedería, sino solo escribió en la carta un mensaje que Dios mismo le había ordenado escribir. Un mensaje dado para que nuestra confianza fuera confirmada en Dios quien tiene el control de todo, aun, el mismo tiempo, está en su sola potestad.

“Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez; y sabiduría, no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que perecen. Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria.”

1 Corintios 2: 6-8 (RVR 1960)

El que ha confiado en Jesucristo, quien clama a Dios y de todo corazón le busca, puede tener completa certeza de que podrá conocer cosas que antes no conocía (Jeremías 33: 3), ser enseñado e instruido por Dios mismo (Salmos 32: 8) y tener la mente de Cristo (1 Corintios 2: 16).

Nuestro propósito sobre este mundo no es conocer todos los misterios, sino es enamorarnos cada día más de Dios y de nuestros semejantes, siendo fieles a la Palabra de Dios, teniendo como supremo llamamiento predicar el evangelio hasta lo último de la tierra y orar por quienes están anunciando el mensaje del Reino de los Cielos a las naciones que aún no lo han escuchado.

“y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio” Efesios 6: 19 (RVR 1960)

La oración es muy importante en la vida del creyente, es necesaria para predicar la Palabra, tener paciencia en las pruebas, poder huir de la tentación y ser fieles al Señor, por lo tanto, no dejemos de orar, ni de cultivar nuestra relación personal con el único Dios vivo y verdadero.

 “…Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras…”  Hebreos 1: 1 (RVR 1960)

Dios está vivo, no está muerto, aún sigue hablando a la humanidad, lo que Dios le ha dicho lo ha cumplido y lo cumplirá. La palabra de Dios cumple lo que promete y es más cortante que espada de doble filo, es decir que llega a los más profundo del alma y es más poderosa que un arma, por lo tanto, es mejor temerle a la Palabra de Dios que a un arma de fuego.

La predicación no puede convertirse en un discurso moralista que busque adeptos en una religión, sino la verdadera predicación tiene que exponer la Palabra de Dios. Un verdadero predicador reconoce que la Biblia es Dios predicando, por lo tanto, la predicación es impulsada por la Biblia, haciendo honrar la verdad de las Escrituras.

La predicación expositiva de la Biblia es el hombre de Dios abriendo la Palabra de Dios para que la voz de Dios sea escuchada, por lo tanto, nuestra prioridad debe ser predicar la Palabra de Dios, aunque una incesante apelación por las emociones sea lo que a muchos les interese y nada más.

Dios demanda solamente que se predique su Palabra, no que se hagan shows, ni espectáculos, ni empresas para atraer personas a la religiosidad, porque solo es la Palabra de Dios la única que puede atraer vidas a Dios.

“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, y de sus ángeles escogidos, que guardes estas cosas sin prejuicios, no haciendo nada con parcialidad” 1 Timoteo 5: 21 (RVR 1960)

En nuestro alrededor tenemos testigos que ven y escuchan todo lo que decimos y hacemos, Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y sus santos ángeles, por lo tanto, tengamos temor delante de nuestro Señor y procuremos presentarnos ante Él como obreros aprobados que no tienen de que avergonzarse, sino que usan bien la Palabra de Verdad.

La instrucción es predicar la Palabra de Dios, el evangelio, en todo tiempo, instruir la mente (Salmos 119: 32-34) y andar por las sendas antiguas, es decir vivir en la voluntad de Dios (Salmos 119: 35; Jeremías 6: 16). La Palabra de Dios, no del hombre, es la que nos debe guiar, por lo tanto, no se trata de lo que la gente quiere de la Iglesia sino de lo que Dios quiere de la Iglesia, eso es lo que debe ocupar nuestra mente, porque, así como anda el pulpito andará la Iglesia y la Iglesia crece solo cuando la Palabra de Dios reina.

“Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura. Y Nehemías el gobernador, y el sacerdote Esdras, escriba, y los levitas que hacían entender al pueblo, dijeron a todo el pueblo: día santo es a Jehová nuestro Dios; no os entristezcáis, ni lloréis; porque todo el pueblo lloraba oyendo las palabras de la ley.” Nehemías 8: 8-9 (RVR 1960)

El resultado de la predicación expositiva de la Biblia es el quebrantamiento de un corazón endurecido, porque la Palabra de Dios es la fuerza más poderosa del universo, es como un martillo que rompe los corazones de piedra, pero un sermón sin Cristo y su Palabra es como una nube sin lluvia o un árbol doblemente muerto.

“Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más.”

Isaías 45: 22 (RVR 1960)

Solo Dios es Dios y únicamente en El hay salvación y vida eterna, no hay otro amor verdadero como el amor de Dios que trasciende a la eternidad, el cual no es hasta la muerte, sino venció aun a la misma muerte, quitando la culpa de quienes hemos creído en Jesucristo, dándonos un amor que sobrepasa todo entendimiento, uno verdadero que espanta hasta al mismo miedo.

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