NO LE HARÉ DAÑO A MI SEMEJANTE
Como seres humanos necesitamos aprender a estar en paz con los demás, a más que no hacerles daño, a amarlos, porque si solo nos centramos en no hacerle daño a nuestro semejante nos quedamos en lo que simplemente nos corresponde, mas si vamos más allá, mostrándoles nuestro amor y aprecio, estamos viviendo conforme a la voluntad de Dios.
El
amar se demuestra en no pasar por encima de la otra persona, en no serle piedra
de tropiezo que lo lleve a la perversidad sino en ser fortaleza en su debilidad
que le guie a Cristo primeramente. Es este amor del que muchos nos hemos
olvidado, porque la indiferencia, la burla, la ignorancia, la presión del
grupo, entre otras, han dominado estos vacíos y fríos corazones. Nos hemos
vuelto como piedras, velando solamente por nuestros intereses, abandonando al
que es vulnerable, al que esta desorientado, al que necesita ayuda, porque hemos
sido una generación que ha preferido taparse los oídos, haciéndose los sordos,
que luchar con pasión en contra de la perversión. Es por tal razón que el amor
vivo, a diferencia de aquel que el mundo ha pervertido, piensa en el otro, en
su bienestar, y en su integridad. Le haremos bien al otro cuando le hablemos
con la Palabra de Dios, le enseñemos su realidad, y le mostremos la verdad.
Hacerle
daño a alguien, sin importar quien sea, es el acto de aquellos que han decidido
ser guiados por el mal. Mas nosotros, debemos ser de quienes intervienen en la
vida de los demás para su bien, de aquellos que piensan en el bienestar de su
prójimo y son ayuda para su crecimiento integral, porque cultivando cada día el
amor de Dios en nuestros corazones podremos reflejarlo cada vez mejor a quienes
nos rodean.
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