NO LE HARÉ DAÑO A MI SEMEJANTE

Como seres humanos necesitamos aprender a estar en paz con los demás, a más que no hacerles daño, a amarlos, porque si solo nos centramos en no hacerle daño a nuestro semejante nos quedamos en lo que simplemente nos corresponde, mas si vamos más allá, mostrándoles nuestro amor y aprecio, estamos viviendo conforme a la voluntad de Dios.

El amar se demuestra en no pasar por encima de la otra persona, en no serle piedra de tropiezo que lo lleve a la perversidad sino en ser fortaleza en su debilidad que le guie a Cristo primeramente. Es este amor del que muchos nos hemos olvidado, porque la indiferencia, la burla, la ignorancia, la presión del grupo, entre otras, han dominado estos vacíos y fríos corazones. Nos hemos vuelto como piedras, velando solamente por nuestros intereses, abandonando al que es vulnerable, al que esta desorientado, al que necesita ayuda, porque hemos sido una generación que ha preferido taparse los oídos, haciéndose los sordos, que luchar con pasión en contra de la perversión. Es por tal razón que el amor vivo, a diferencia de aquel que el mundo ha pervertido, piensa en el otro, en su bienestar, y en su integridad. Le haremos bien al otro cuando le hablemos con la Palabra de Dios, le enseñemos su realidad, y le mostremos la verdad.

Hacerle daño a alguien, sin importar quien sea, es el acto de aquellos que han decidido ser guiados por el mal. Mas nosotros, debemos ser de quienes intervienen en la vida de los demás para su bien, de aquellos que piensan en el bienestar de su prójimo y son ayuda para su crecimiento integral, porque cultivando cada día el amor de Dios en nuestros corazones podremos reflejarlo cada vez mejor a quienes nos rodean.

El verdadero amor definitivamente está en Cristo Jesús, no en una religión, ni una rutina, sino en reconocerlo con sinceridad en nuestros corazones, agradeciéndole por lo que Él ya hizo y sigue haciendo en cada uno de nosotros. Y la iglesia es el resultado de ese amor, porque la Iglesia no es una institución inventada por el hombre, ni una edificación, como tampoco es una jerarquía, sino es el cuerpo de Jesucristo, es la razón por la que Jesucristo dio su vida. Como Iglesia somos un cuerpo, creados con el propósito de dar a conocer al gran Dios de amor que dio su vida por cada uno de nosotros, no haciéndole daño al otro sino amándole al no ignorarlo sino, por el contrario, siendo instrumentos en las manos de Dios para que conozca a Jesucristo, porque Jesucristo es la Paz que necesita el mundo, solo en Él hay consuelo y verdadero descanso para el alma.

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