NOS SEGUIMOS EQUIVOCANDO

Nos alejamos del pecado, porque ya no servimos a la carne sino a Dios, seguimos su Palabra, pero, lamentablemente nos seguimos equivocando.

El desear lo que el mundo desea es el primer paso para deshonrar el nombre de Dios, luego de eso ya se imaginaran que más podría suceder. No podemos salir ni un solo día de nuestra habitación, sin la armadura de Dios, porque la guerra que se libra es continua. Ni siquiera en nuestra habitación podemos dormir tranquilamente sin la confianza en Dios.

En esta generación, en que ya no está bien hablar de Dios, es necesario que nos mantengamos firme, no cayendo en la tentación de no predicar el evangelio, porque no cumplir con nuestra misión sobre esta tierra, nos llevará de inmediato a un enfriamiento en el que ya no nos dolerá el mal, la tristeza y la agonía de cada ser humano que no conoce a Dios.

“…esfuérzate y sé muy valiente…” Josué 1:7 (RVR 1960)

Las palabras del Señor nos alientan a esforzarnos y ser muy valientes para derrotar este sistema. No nos podemos dejar amedrantar, sino debemos responder a sus ataques con la mejor defensiva. Recuerda que la mejor defensa es una buena ofensa, por lo tanto, se tu predicando el evangelio, para que este sistema tema a Dios.

 

¿QUIÉN SOY YO PARA JUZGAR?

Una de las preguntas que nos llevan, inmediatamente a la reflexión, es ¿Quién soy yo para juzgar? Es una de esos interrogantes que hacen callar hasta al hombre que, aparentemente se muestra como el más limpio, porque no existe argumento válido que nos haga ser dignos de asumir ese puesto de juez.

La conciencia no debe ser ignorada, ni mucho menos manipulada, sino estimada en alto, puesto que es esta la que acompaña a la inteligencia. Seamos sensatos, no asumiendo una posición que no nos corresponde, porque en aquello que juzgamos también caemos. No somos firmes porque, tal como ocurre con la ley de la gravedad, nuestro hombre natural está en continua caída. Día a día nuestras fuerzas van disminuyendo mientras seguimos discutiendo por banalidades que nada edifican a nuestro ser integral (cuerpo, alma y espíritu). No necesitamos más trabajo, más dinero, mejor transporte, mejor educación, un mejor sistema de salud, ni nada que se asemeje a esto, sino requerimos con urgencia ser. No podremos hacer nada que sea valeroso sino somos, porque el hacer siempre será consecuencia natural del ser. Por tal razón es que nos quedamos callados, de vergüenza, en el momento de reflexionar en la pregunta ¿Quién soy yo para juzgar? En verdad que nuestra vida necesita a aquel quien le dijo a una mujer acusada por ser sorprendida en adulterio:

“Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.”

Juan 8: 10-11 (RVR 1960)

No hay otro nombre en el que podamos ser salvos sino solo en Jesucristo somos libres de la condenación. Jesús no vino al mundo a condenarnos sino a salvarnos de nuestra caída. Solo Él tiene el derecho de juzgarnos porque nunca se halló pecado en Él, mas se reservó tal privilegio por amor a nosotros. Jesucristo no desea que pequemos más, sino que nos apartemos del mal y le sigamos. No somos perfectos, pero si creemos en Jesucristo tendremos al Dios perfecto como nuestro guía.

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