NO DEJEN DE ORAR

 “No se olviden de orar. Y siempre que oren a Dios, dejen que los dirija el Espíritu Santo. Manténganse en estado de alerta, y no se den por vencidos. En sus oraciones, pidan siempre por todos los que forman parte del pueblo de Dios. Oren también por mí, y pídanle a Dios que me dé el valor de anunciar el plan que él había mantenido en secreto. El Señor me envió a anunciar ese plan, y por eso estoy preso. Pídanle a Dios que me dé el valor de anunciar sin ningún temor la buena noticia.”

Efesios 6:18-20 (TLA)

La oración nos mantiene espiritualmente fuertes. Jesucristo nos dijo que oráramos constantemente para no entrar en la tentación (Mateo 26: 41), porque por medio de la oración seremos fortalecidos para vencer al maligno. Por lo tanto tenemos que orar en todo momento (1 Tes. 5: 17), en el nombre de Jesucristo, en su victoria sobre el pecado y la muerte, para ser fortalecidos.

No nos cansemos de orar, no nos demos por vencidos, más bien mantengámonos en la paciencia hasta la venida del Señor.

“…Piensen en los agricultores, que con paciencia esperan las lluvias en el otoño y la primavera. Con ansias esperan a que maduren los preciosos cultivos.” Santiago 5:7 (NTV)

Debemos animarnos entre nosotros, en vez de quejarnos, porque la venida del Señor está cerca. Recordemos a quienes con paciencia hablaron en nombre del Señor, resistiendo con firmeza en tiempo de dolor.

“…Por ejemplo, han oído hablar de Job, un hombre de gran perseverancia. Pueden ver cómo al final el Señor fue bueno con él, porque el Señor está lleno de ternura y misericordia.” Santiago 5: 11 (NTV)

Permanezcamos firmes, no dándonos por vencidos, estando completamente seguros que la oración ferviente del justo tiene poder y da maravillosos resultados. Pero oremos como conviene, buscando hacer la voluntad del Señor y no la nuestra, para poder llegar a decir en nuestros últimos días, como dijo Pablo:

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.”

2 Timoteo 4: 7-8 (RVR 1960)

“Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.”

Hebreos 11: 2 (NVI)

Por la fe que Jesucristo comenzó y esta perfeccionando en nosotros debemos vivir. La fe nos da entendimiento verdadero de lo que no se ve, sabiendo que lo visible no provino de lo que nuestros ojos pueden ver.

Abraham salió de su tierra porque el Señor le dijo que se fuera, y sin saber a dónde iba obedeció a Dios. La obediencia es el resultado de la fe genuina, y por medio de esta alcanzaran misericordia y herencia para vida eterna los hombres.

El Señor nos dejó su Palabra para que la obedeciéramos pero es imposible obedecerla sin creerle, por lo tanto, primeramente debemos creerle a Dios que obedecerle porque sin fe es imposible agradar a Dios. Los hombres que vivieron antes de nosotros y son mencionados en la Biblia como ejemplos de fe esperaban una patria aún mejor, es decir, la celestial, por eso confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra.

Los peregrinos en este mundo son aquellos que no se conforman a este mundo sino buscan agradar a Dios, tal como dice Romanos 12: 2 (NBD):

“No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.”

Extranjeros en cualquier nación son aquellos que no viven para sí mismos, ni para otros, sino para el único y verdadero Dios. Ellos no imitan costumbres de culturas, ni de religiones, sino buscan ser imitadores de Jesucristo. Pablo, fue un extranjero en este mundo que dijo:

“Sean imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo.” 1 Corintios 11: 1 (NBLH)

Para ser peregrino en este mundo debes entregarle tu vida a Dios, humillándote primeramente ante El y pidiéndole perdón por tus pecados, creyendo y confesando con tu boca que Jesucristo salvó tu vida, por medio de su crucifixión. La muerte de Jesucristo es tu muerte a este mundo, y la resurrección de Jesucristo es la esperanza de tu resurrección y el gozo de saber que Jesucristo venció al pecado y a la muerte.

Jesucristo después de resucitar y aparecerse a sus discípulos, ascendió a los cielos, para sentarse a la derecha del Padre. Aun así los peregrinos en este mundo no estamos solos porque Jesucristo nos envió al Espíritu Santo, la tercera persona de la trinidad, para que habitara en nosotros para siempre, y guiara nuestros pasos, aclarara nuestro entendimiento, y nos dirigiera a través de la Biblia a toda verdad.

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