ILUSIÓN EN LA BELLEZA
“Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.” 1 Samuel 16: 7 (RVR 1960)
La belleza que el hombre mira no es la misma que Jehová el
Señor mira, porque Dios no mira lo que el hombre mira, que usualmente es lo que
está delante de sus ojos, sino Dios mira el corazón.
La belleza física es una ilusión, un engaño a nuestros
sentidos, de la verdadera realidad de una persona. Muchos investigadores
coinciden en que la belleza física es inducida bajo parámetros subjetivos y
quienes cumplen estos parámetros son aceptados en la comunidad como gente
confiable. Una mujer bonita, físicamente atractiva a los ojos del hombre,
producirá mayor confianza que una que no lo es, e igual, un hombre guapo,
fuerte y amable, genera mayor seguridad que uno que no lo es, pero esto para el
Señor no funciona.
El pueblo de Israel no está excluido de esta
característica del hombre, y como pueblo erraron, porque después de compararse
con otros pueblos que los rodeaban querían lo mismo que ellos tenían: un rey (1
Samuel 8: 5-6). Se dejaron llevar por los rudimentos del mundo, y el Señor en
su amor les advirtió de las consecuencias de tener un rey (1 Samuel 8: 11-17)
pero ellos siguieron empeñados en su vano deseo dejándose llevar por sus
frágiles y fáciles de engañar sentidos. Ellos querían un rey siendo Jehová el Señor
su mismo rey (1 Samuel 12: 12), y Dios los entregó a sus vanos deseos y les dio
un rey, un hombre que satisficiera sus vanos sentidos para que comprendieran la
ilusión de la belleza. El rey que Dios escogió era un hombre valeroso, joven,
alto y el más hermoso de la nación (1 Samuel 9: 1-2), su nombre era Saúl. Pero
al poco tiempo de su reinado el pueblo contemplaría las consecuencias de
dejarse llevar por lo que sus ojos veían.
Saúl fue el rey que el pueblo eligió (1 Samuel 12: 13) y
que el Señor puso, pero tanto este rey como el pueblo de Israel harían bien si
oyeren la voz de Dios y no fueran rebeldes a su Palabra, pero les iría mal si
no oyeren la voz de Dios y fueran rebeldes a su Palabra. Israel tenía este
mandamiento de Dios que si no lo seguían demostrarían, por medio de las
consecuencias, no solo su vana decisión, sus vanos deseos, su maldad, sino que
en verdad debían creerle al Señor porque sus palabras son verdad. Saúl, al poco
tiempo de su reinado, desobedeció una orden clara de Dios y por desechar la
Palabra de Dios fue desechado por Dios para no seguir siendo rey de Israel (1
Samuel 15: 26).
El hombre no debe confiar en sus sentidos, porque sus
sentidos son engañosos desde el momento en que contra el Señor se rebeló (lea
Génesis 3), por eso, Dios, en su misericordia, le ha permitido escoger si
obedecerle o desobedecerle, advirtiéndole de los beneficios de seguir su
Palabra y de las maldiciones de desecharla. El hombre, en su naturaleza
pecaminosa, errante, maldita, escogerá siempre desechar la Palabra de Dios,
porque de su corazón solo brotan los malos deseos, por eso fue necesario que
Dios enviara a Jesucristo, para cumplir la justicia de Dios, al tomar el lugar
que el hombre merece por su transgresión: la maldición y la muerte. La
maldición y la muerte es el resultado de no obedecer a Dios y como todos hemos
desobedecido Su Palabra, ya sea en pensamiento o en acción, por omisión o por
comisión, entonces somos malditos y dignos de muerte, pero como Dios es grande
en amor y misericordia proveyó al hombre salvación, descendiendo del cielo para
hacerse como uno de nosotros, a fin de cumplir la justicia de Dios en sí mismo.
Aunque Jesucristo murió y estuvo sepultado por tres días, resucitó por el poder
de Dios al tercer día. Luego de presentarse a sus discípulos y a muchos
hombres, ascendió al cielo, prometiéndoles a todos los que en su obra de redención
creen, el Espíritu Santo, quien es el que nos guía a toda verdad. El Espíritu
Santo, la tercera persona de la trinidad, es enviado a todos aquellos que en
Jesucristo creen, por la gracia de Dios, para darnos discernimiento a fin de no
dejarnos llevar por nuestros vanos sentidos, por la ilusión de la belleza, sino
por la dirección del Espíritu Santo.
Debido a que Saúl fue desechado por Dios para ser rey de
Israel entonces Samuel debía escoger un rey para el pueblo de Israel, porque el
Señor se lo había ordenado. Pero ese rey no sería escogido por la vana ilusión
del pueblo, como lo fue Saúl, sino por el Señor, por lo tanto, Dios advirtió a
Saúl, antes de ir en busca de ese rey:
“No mires a su
parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no
mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus
ojos, pero Jehová mira el corazón.”
1 Samuel 16: 7 (RVR 1960)
Ese rey provenía de la misma región de Saúl, de Belén, y
aunque era pastor de ovejas, el Señor lo había escogido para ser rey de Israel.
No es importante tu belleza, ni tus estudios, ni tus
logros personales, o el apoyo de todo un pueblo, sino lo que en verdad importa,
es que el Señor te haya escogido. No te dejes llevar por la ilusión de la
belleza sino se prudente y sabio, creyendo en Jesucristo como el Señor y
Salvador de tu vida, sabiendo que SOLO POR GRACIA, por medio de la fe, eres
salvo (Efesios 2:8). Si en verdad has nacido de nuevo, el Espíritu Santo te
dará la seguridad de tu salvación.
“Hermanos,
consideren su propio llamamiento: No muchos de ustedes son sabios, según
criterios meramente humanos; ni son muchos los poderosos ni muchos los de noble
cuna. Pero Dios escogió lo insensato del mundo para avergonzar a los
sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los
poderosos. También escogió Dios lo más bajo y despreciado, y lo que no es
nada, para anular lo que es, a fin de que en su presencia nadie pueda
jactarse.”
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