ADMINISTRA BIEN LO QUE ES TUYO
El joven en Cristo es el modelo que debe imitar en su conducta todo creyente. No se trata de solo actuar bien sino de vivir bien. Personas y familias enteras justifican sus perversas acciones de maneras relativamente razonables como – yo lo hago porque no tengo plata-, -eso todo el mundo lo hace-, -estas multinacionales se están llenando el bolsillo mientras uno anda sin nada-. Y esa argumentación no solo la usan para robar el tvcable, el pasaje de Transmilenio, y otras cosas que aunque parezcan pequeñas son robos, sino aun para robar a Dios, ya que el que peca no peca contra hombres sino primeramente contra Dios.
Debemos
pensar y reflexionar en no actuar como la mayoría sino hacer la diferencia,
buscando agradar siempre a Dios. ¡Hay diferencia en un Hijo de Dios! Nuestra
naturaleza nos permite ser diferentes al resto del mundo porque vemos de una
manera diferente, por lo tanto no nos dejemos engañar por nada y nadie.
Antes
de obtener lo que quieres debes querer lo que tienes pues si no aprecias lo que
ahora es tuyo ¿cómo piensas aprovechar aquello que aún no posees? Dios te ha
dado dinero, comida, vestido, emociones, talentos y dones que no debes echar a
la basura, ni esconder, ni entregárselos al ladrón sino administrar bien lo que
Dios te ha dado sin despreciar, ni compararlo con tu prójimo. Reflexiona en
esta enseñanza que nos relata una historia sobre una mala y una buena
administración:
“En el reino de Dios
pasará lo mismo que sucedió cierta vez, cuando un hombre decidió irse de viaje.
Llamó a sus empleados y les encargó su dinero. El hombre sabía muy bien lo
que cada uno podía hacer. Por eso, a uno de ellos le entregó cinco mil monedas,
a otro dos mil, y a otro mil. Luego se fue de viaje.
El empleado que había
recibido cinco mil monedas hizo negocios con ellas, y logró ganar otras cinco
mil. El que recibió dos mil monedas ganó otras dos mil. Pero el que
recibió mil monedas fue y las escondió bajo tierra.
Mucho tiempo después, el
hombre que se había ido de viaje regresó, y quiso arreglar cuentas con sus
empleados. Llegó el que había recibido cinco mil monedas, se las entregó junto
con otras cinco mil y le dijo: “Señor, usted me dio cinco mil monedas, y aquí
tiene otras cinco mil que yo gané.”
El hombre le dijo:
“¡Excelente! Eres un empleado bueno, y se puede confiar en ti. Ya que cuidaste
bien lo poco que te di, ahora voy a encargarte cosas más importantes. Vamos a
celebrarlo.”
Después llegó el empleado
que había recibido dos mil monedas, y le dijo: “Señor, usted me dio dos mil
monedas, y aquí tiene otras dos mil que yo gané.”
El hombre le contestó:
“¡Excelente! Eres un empleado bueno, y se puede confiar en ti. Ya que cuidaste
bien lo poco que te di, ahora voy a encargarte cosas más importantes. Vamos a
celebrarlo.”
Por último, llegó el
empleado que había recibido mil monedas, y dijo: “Señor, yo sabía que usted es
un hombre muy exigente, que pide hasta lo imposible. Por eso me dio miedo, y
escondí el dinero bajo tierra. Aquí le devuelvo exactamente sus mil monedas.”
El hombre le
respondió: “Eres un empleado malo y perezoso. Si sabías que soy muy
exigente, ¿por qué no llevaste el dinero al banco? Así, al volver, yo
recibiría el dinero que te di, más los intereses.”
Entonces el hombre dijo a
sus ayudantes: “Quítenle a éste las mil monedas, y dénselas al que tiene diez
mil. Porque al que tiene mucho se le dará más, y le sobrará; pero al que no
tiene nada, hasta lo poco que tiene se le quitará. Y a este empleado inútil,
échenlo afuera, a la oscuridad; allí tendrá tanto miedo que llorará y le
rechinarán de terror los dientes.”
Mateo 25:14-30 (TLA)
Dios
nos ha entregado a cada uno de nosotros talentos específicos (el deporte, la
administración, la música, la oratoria, la escritura, etc.), dones específicos
(la adoración, predicación, enseñanza de su Palabra, defensa del evangelio,
pastorear a los niños, jóvenes, adultos, ancianos, matrimonios, etc.) que
debemos usar y no esconderlos. No simulemos que estamos usando bien nuestros
dones y talentos porque un día Dios nos pedirá cuentas por lo que hicimos con
nuestros dones y talentos, a cada uno (no por los de tu vecino), y si no usaste
bien estos dones y talentos recuerda que no le robaste a tu vecino sino a Dios
por cuanto no administraste bien lo que era tuyo.
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